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Gerardo Godoy: el profesor que hizo de sus pasiones una forma de vida

por Jorge Monares Olivares

Desde su llegada a Los Ángeles en 1975, ha desarrollado una trayectoria que combina educación, construcción, música y aviación. Su historia refleja una permanente inquietud por aprender y compartir sus talentos.

Gerardo Godoy Labrín / Diario La Tribuna

A los ocho años decidió que sería profesor. Lo que entonces no imaginaba Gerardo Godoy Labrín era que aquella vocación nacida en una escuela rural de Malalcahuello sería el comienzo de una vida dedicada a explorar nuevos caminos. Con los años sumaría a la enseñanza la construcción civil, la música y hasta la aviación, construyendo una trayectoria profundamente vinculada a Los Ángeles, ciudad a la que llegó en marzo de 1975.

Hablar de sí mismo, sin embargo, no le resulta sencillo.

"Cuesta un poco hablar de uno, porque parece que suena a querer mostrar algo que otro debería reconocer, si es que hay alguna huella que se ha dejado", comenta al comenzar la conversación.

Nació y creció en Malalcahuello, en la zona de Lonquimay, donde conoció las exigencias de la vida cordillerana y recibió las primeras enseñanzas de su familia. Especialmente de su madre, Raquel Labrín Iriarte, fallecida en julio de este año a los 102 años.

"Mi madre era una guerrera, guerrera, esa es la palabra, porque en el fondo ella nos inculcó siempre la fuerza y el espíritu de cómo seguir luchando", recuerda.

Esa perseverancia ha acompañado buena parte de sus decisiones, incluso aquellas que lo llevaron a cambiar de rumbo cuando ya tenía una trayectoria profesional consolidada.

DE LAS AULAS AL EMPRENDIMIENTO

Su vocación docente surgió cuando una profesora preguntó a sus alumnos qué querían ser cuando grandes. Gerardo tenía apenas ocho años, pero su respuesta fue categórica: quería enseñar.

La decisión lo llevó a estudiar en la Escuela Normal de Victoria, de donde egresó en 1973, obteniendo su título de profesor en 1975.

Ejerció en distintos establecimientos de la zona, entre ellos escuelas de Santa Fe, Tinajón y Los Ángeles. También desempeñó funciones en la dirección comunal de Educación.

Durante esos años comenzó a desarrollar otra inquietud: la construcción. Lo que inicialmente fue un emprendimiento terminó convirtiéndose en una nueva profesión, que lo llevó a regresar a las aulas, esta vez como estudiante. "Inventé una empresa constructora y después estudié construcción civil para ponerme a la altura, así que saqué el título de constructor civil", relata.

El crecimiento de su empresa lo llevó a dejar la docencia y fortalecer su vinculación con el sector de la construcción. También participó en el desarrollo de la Cámara Chilena de la Construcción en Los Ángeles, institución para la que, según recuerda, recibió el encargo de componer su himno nacional.

LA MÚSICA COMO COMPAÑERA DE VIDA

Si la educación fue su primera vocación profesional, la música ha sido una pasión permanente.

Comenzó a tocar guitarra a los 12 años y, a los 16, ya animaba celebraciones junto al grupo Siglo XX. Posteriormente fundó Cantar de Chile, agrupación vinculada a la Municipalidad de Los Ángeles, y participó en distintos proyectos musicales y folclóricos.

Entre ellos destaca Retromanía, conjunto que durante 15 años mantuvo vivo el repertorio de la Nueva Ola de las décadas de 1960 y 1970. "El que nace chicharra muere cantando, nunca vamos a dejar la música de lado", afirma.

Su faceta como compositor también ocupa un lugar importante en su historia. Cuenta con una veintena de canciones propias grabadas profesionalmente, varias de ellas creadas durante la pandemia.

Pero más allá de las presentaciones y composiciones, entiende la música como una forma de compartir con otros.

"Creo que lo que Dios nos da no es para guardarlo, si hay algún talento, mediano que sea, tenemos que mostrarlo", reflexiona.

EL VALOR DE SEGUIR APRENDIENDO

La aviación fue otro de los caminos que decidió explorar, hasta convertirse en piloto privado de avión. Una experiencia que se sumó a sus distintas actividades y que refleja su permanente interés por adquirir nuevos conocimientos.

En 2014 recibió una medalla de mérito de la Municipalidad de Los Ángeles, reconocimiento que considera una responsabilidad para continuar aportando a la comunidad.

En su recorrido también ha sido fundamental su familia. Junto a su esposa, Rosa Amalia Lagos Muñoz, educadora de párvulos, formó un hogar del que nacieron sus tres hijos: Gerardo Andrés, Pablo Ernesto y Fernando Javier.

Hoy, al mirar las distintas etapas de su vida, aparece un hilo conductor que comenzó en aquella escuela rural de Malalcahuello: la convicción de que siempre es posible aprender algo nuevo y encontrar una manera de compartirlo.

Han pasado más de cinco décadas desde que llegó a Los Ángeles. Aquí ejerció su profesión, desarrolló emprendimientos, cultivó la música y construyó buena parte de su historia familiar.

Un vínculo que resume con sencillez al recordar cómo ha cambiado su relación con la ciudad desde aquel marzo de 1975: "Con mucho gusto, porque ya he aprendido a querer mi ciudad".

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