domingo 18 de agosto, 2019

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Las coincidencias de un singular despertar artístico

Esta artista se especializa en óleo y cuenta con 17 años de experiencia, en un camino a convertirse en pintora que tiene más de alguna anécdota del destino.


 Por VÍCTOR CONTRERAS

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Vivió 47 años en Santiago. Un día fue a un retiro con un grupo de amistades y colegas. Era un paseo a la playa, y entre los asistentes había un pintor, Ignacio Larrañiaga, del Bellas Artes.

Estando en una mesa compartiendo, en ese paseo del año 2000, Malvina Valenzuela dijo haber sentido algo inexplicable. Según su relato, percibió una tremenda certeza de que ella podía pintar y podía hacerlo bien, sin siquiera haber tomado un pincel en toda su vida.

Malvina es una persona espontánea que expresa libremente lo que siente, y en esa oportunidad no fue la excepción. Así que se pronunció ante todos quienes le acompañaban en la mesa. “Saben chiquillos, en estos momentos acabo de sentir que soy una pintora”, dijo.

Evidentemente nadie en ese grupo daba crédito a las palabras de Valenzuela, y aprovecharon de hacer bromas al respecto. “No chiquillos. Es cierto lo que estoy contando”, replicó Malvina. Entonces la conversación ya se volvió privada con el pintor Larrañiaga.

A él le preguntó un aspecto básico de la pintura. Si se pintaba primero el fondo o la figura, además de qué debía comprar para comenzar a pintar.
Con cierta desconfianza, el artista le dice que compre 6 colores básicos y dos pinceles, uno grande y uno fino, de pelo de camello. “Cómprate una telita barata y tienes que cuadricular”, le dijo.

UN RÁPIDO APRENDIZAJE

Malvina pidió que le diera sólo una clase para realizar aquellos, a lo que Larrañiaga accedió. Luego de esa única clase magistral que ella recibió en su vida, la inesperada principiante volvió dos días después con su primera pintura.

Cuando Larrañaga vio ese primer ensayo de Malvina, quedó impresionado, cuenta la hoy artista. “¿Cómo es posible que lo hagas bien?” le dijo el sorprendido maestro. Inclusive, uno de los amigos del pintor, compró esa primera pintura de Malvina.  

Luego de aquella experiencia, la recién aficionada se fue de vacaciones a la localidad de Trupán, en Tucapel, pero esta vez, llevó consigo las pinturas y los pinceles.
Llegando a la casa de veraneo, encontró unos trozos de tabla que se veían perfectos para pintar en ellos, así que puso manos a la obra.

No sabía que pintar. Así encontró fotografías de caballos, por lo que decidió retratar a estos animales, sin saber, dice, que pintar caballos se considera de alta complejidad dentro del rubro, y Malvina pudo realizarlo bien.

Una vez de vuelta en Santiago, la entusiasta alumna, fue hasta donde su mentor y le mostró lo realizado en vacaciones. “No puede ser”, expresó Larrañaga.
Así es como el pintor le pidió que le dejará estas pinturas, se la mostró a sus connotados colegas, quienes quisieron dejar un recado a Malvina: que se dedique a la pintura.

CAMINO A LA CONSOLIDACIÓN

Luego comenzó a vender todo lo que pintaba. La producción no era problema y vender sus cuadros tampoco. Efectivamente, debía dedicarse a la pintura.

Ella se considera cristiana y dice que el arte también le dio una nueva percepción del cristianismo, lo que le da fuerzas, cuenta. Aunque no todo sería miel sobre hojuelas.

Su madre fue una detractora de sus decisiones, tanto artísticas como en general, aunque era ella quien le cuidaba cada día y se preocupaba de que no le faltara nada.
Sin embargo, la mamá no fue buena con ella y le daba malos augurios. “Te va a ir mal, te va a ir mal”, le decía constantemente, cuenta Malvina.

La contradicción era mucha y su madre finalmente la dejó y se fue de su lado a vivir con un hermano. Una vez sola, decidió radicarse en Trupán y crear ahí la casa del arte, con sus pinturas y muebles que ella misma hizo.

Las oportunidades comenzaron a presentarse solas. Su fe y confianza en el futuro son una gran guía. Malvina dice ser muy perceptiva de las energías externas y cree saber cuándo algo bueno está por venir.

Dos días después, compró unos fierros que necesitaba para ampliar su espacio artístico. Sin esperarlo, fue el mismo dueño de la ferretería, Jorge Tapia, quien haría la entrega en su casa, ante la sorpresa de la compradora.

Una vez ahí, el emprendedor quedó fascinado con las obras que vio en la casa del arte de Malvina, y ella le explicó que ya se estaba presentando formalmente como artista.

REPRESENTANDO A TUCAPEL

Jorge Tapia le diría en esa oportunidad que ella debía ser una representante cultural de la comuna, ya que él no había visto obras como esas en Tucapel.

Entonces, el nuevo admirador que tendría Malvina, le ofreció gratuitamente dos espacios en una galería en el centro de Huépil, al lado del teatro, para que ella pudiera tener una galería de exposición de sus obras.

Desde ese momento que ella realiza talleres y expone en aquella galería, donde recibe muchos visitantes y puede vender sus pinturas.

Ahora también quiere impulsar talleres de artesanías y dar más realce a la casa del arte que ella creó, “para representar y dar vida a la actividad artística de la comuna de Tucapel”, expresó.

Esta semana fue una de las artistas que representó a su comuna en la galería 14, de la ciudad de Los Ángeles.


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