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Tregua estadística

por La Tribuna

el delito, doble exposición, víctima / Pixabay

Chile registró 472 víctimas de homicidios durante el primer semestre de 2026, 41 menos que en igual periodo del año pasado. La tasa cayó un 11,5% y completó su cuarto descenso consecutivo para un primer semestre. En Biobío ocurrió algo similar: los casos bajaron de 40 a 38 y la región mantuvo una disminución que se viene observando desde 2022.

Los números son mejores y sería equivocado desconocerlo, no obstante, inmiscuirse en el Informe Nacional de Víctimas de Homicidios Consumados en Chile, elaborado por el Centro para la Prevención de Homicidios y Delitos Violentos de la Subsecretaría de Prevención del Delito, obliga también a mirar más allá de las cifras y mirar un antecedente que probablemente merece mayor atención.

Mientras disminuyen los homicidios en términos generales, aumentan aquellos asociados a delitos y grupos organizados. Pasaron de 165 a 195 víctimas y representan el 41,3% del total, superando a los homicidios ocurridos en contextos interpersonales, que alcanzaron el 39,2%. El cambio rompe, además, el patrón observado entre 2022 y 2025, cuando estos últimos constituían el contexto predominante.

No es un antecedente menor ya que la sola disminución general de los homicidios no necesariamente significa que todas las formas de violencia estén retrocediendo. Cuando crecen aquellos vinculados al delito y a grupos organizados, estamos frente a un fenómeno que exige respuestas distintas, porque detrás existen estructuras y dinámicas criminales con capacidad para instalarse y operar en los territorios.

El uso de armas de fuego refuerza esa preocupación. Estuvieron presentes en el 48,9% de los homicidios registrados durante el semestre y su participación aumentó 2,9 puntos porcentuales respecto de igual periodo de 2025, después de tres años consecutivos de disminución.

Por eso, las cifras deben leerse con equilibrio. Es positivo que Chile registre menos homicidios y que Biobío mantenga una trayectoria descendente. Pero sería apresurado transformar esos resultados en una conclusión tranquilizadora cuando, al mismo tiempo, cambia la naturaleza de una parte importante de la violencia homicida.

La seguridad pública no se juega solamente en cuántos delitos ocurren. También importa cómo ocurren, en qué contextos, qué capacidad tienen quienes los cometen y hasta qué punto las organizaciones criminales logran asentarse en determinados territorios.  Por eso, que los homicidios disminuyan importa y es un avance que corresponde reconocer, pero el gran desafío es conseguir que ese retroceso alcance también a la violencia asociada al delito y a los grupos organizados.

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