Editorial

Una tragedia que interpela a todo el país

Carabineros, Archivo La Tribuna
Carabineros / FUENTE: Archivo La Tribuna

Un niño de 12 años falleció este lunes tras ser víctima de un violento hecho delictual ocurrido en la Región Metropolitana, en un caso que ha generado conmoción pública y que ha vuelto a poner sobre la mesa, una de las principales preocupaciones de la ciudadanía: la seguridad.

De acuerdo con los primeros antecedentes, el menor habría quedado involucrado en medio de una encerrona registrada en la vía pública, situación que terminó con su muerte. El hecho vuelve a poner en el centro de la discusión la capacidad del Estado para enfrentar la creciente violencia asociada a delitos urbanos y la percepción de inseguridad que afecta a diversas zonas del país, un problema que no distingue territorios y que también se siente con fuerza en regiones como el Biobío.

En ciudades como Los Ángeles, en comunas rurales de la provincia o en barrios más consolidados, la sensación de vulnerabilidad frente a la delincuencia se ha ido instalando con preocupación creciente, especialmente cuando la violencia deja de ser excepcional y comienza a repetirse con patrones cada vez más agresivos. Por ello, la muerte de un niño en estas circunstancias deja una fractura profunda en la convivencia social, que expone no solo la acción de quienes cometen el delito, sino también las debilidades estructurales del sistema de seguridad y prevención.

En ese contexto, resulta inevitable que resurja el debate sobre la responsabilidad penal adolescente, así como sobre la efectividad de las herramientas con las que hoy cuenta el Estado para enfrentar delitos cometidos con alto nivel de violencia.

Medidas como fortalecer la presencia policial, mejorar la coordinación entre instituciones, modernizar la persecución penal y asegurar una legislación que se adapte a los fenómenos delictuales actuales son las primeras que surgen tras tragedias como está, pero es necesario también, reforzar la prevención, especialmente en los entornos más vulnerables, donde la violencia tiende a reproducirse con mayor facilidad. La seguridad no se construye solo desde la reacción, sino también desde la capacidad de anticipar y evitar que estos hechos ocurran.

Chile enfrenta hoy una discusión que ya no es teórica ni lejana. Es una conversación que se instala en las casas, en los colegios, en los trayectos diarios y en la preocupación permanente de miles de familias que sienten que la seguridad se ha vuelto frágil, y que el tema sigue atrapado en la disputa política o anuncios que no se traducen en cambios efectivos.

La ciudadanía espera resultados concretos. Y, sobre todo, espera que hechos como la muerte de un niño no vuelvan a repetirse, porque cuando la violencia cruza ese límite, lo que se pone en juego no es solo la seguridad de las calles, sino la confianza básica en que el país aún es capaz de proteger a sus propios niños.

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