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El preocupante aumento de la discapacidad entre adultos mayores

por La Tribuna

discapacidad, rehabilitación, silla de ruedas / Pixabay

Envejecer en la provincia de Biobío no significa simplemente acumular años. Significa, en muchos casos, enfrentarse a limitaciones que reflejan tanto el paso del tiempo como inequidades etarias que deben ser tomadas en cuenta.

Una reciente investigación del Núcleo de Humanidades y Ciencias Sociales Faro UDD, que recogió la edición del fin de semana recién pasado de La Tribuna, lo confirma con claridad: la prevalencia de discapacidad se dispara con la edad y golpea con más fuerza a las comunas rurales, donde los servicios de salud, transporte y cuidados especializados son escasos.

En Alto Biobío, dos de cada tres personas mayores de 80 años viven con algún grado de discapacidad. En Negrete, Mulchén y Santa Bárbara, la cifra también supera el 60%. Son números que hablan de zonas donde no se envejece bien, donde la distancia, la falta de conectividad y la escasez de recursos terminan por agravar las limitaciones físicas y sensoriales.

La magnitud del fenómeno no es solo de carácter médico. Es social, económica y profundamente humana. Las diferencias entre hombres y mujeres —que muestran a las adultas mayores con mayores niveles de discapacidad— revelan una acumulación de desventajas que se inicia mucho antes de la vejez: trayectorias laborales más inestables, menor acceso a pensiones dignas y una carga desproporcionada de trabajo doméstico y de cuidados.

En una provincia donde más de una cuarta parte de la población supera los 60 años, la vejez ya no es una excepción, sino una dimensión central del desarrollo. Sin embargo, muchas veces se piensan nuestras ciudades, políticas y servicios desde la juventud y la productividad, olvidando que el futuro del Biobío también se medirá por cómo tratamos a quienes lo construyeron con su esfuerzo. Por ello, es relevante que las políticas públicas se orienten a fortalecer la atención primaria, promover redes de apoyo y garantizar infraestructura accesible en cada comuna, especialmente en aquellas más apartadas.

El envejecimiento y la discapacidad no deben ser vistos como sinónimos de dependencia o resignación. Son, más bien, una oportunidad para repensar la solidaridad intergeneracional, ampliar la red de cuidados y garantizar entornos accesibles y amables para las personas mayores. Todas estas son tareas absolutamente necesarias si queremos que nuestras comunas sigan siendo lugares donde envejecer no sea una especie de "condena", sino verdaderamente un premio al trabajo de tantas décadas.

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