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Editorial

Paso Pichachén


 Por La Tribuna

La reapertura del paso Pichachén, después del cierre forzoso debido a la emergencia sanitaria por la pandemia del Covid-19, no solo representa la opción de trasladarse a uno y otro lado de la frontera, sino que también para darle continuidad a las obras de infraestructura que permitirían su consolidación definitiva.

El hito limítrofe – también conocido como el Boquete de Antuco – ha sido utilizado para atravesar la Cordillera de los Andes desde tiempos inmemoriales debido a sus inmejorables condiciones geográficas (está a solo 2 mil metros sobre el nivel del mar y tiene pocos accidentes geográficos de mayor envergadura). Eran los tiempos en que los pueblos originarios de ambos lados de las montañas comerciaban e intercambiaban la sal y las pieles.

Esas fueron las principales razones que se tuvieron en cuenta, a principios del siglo pasado, para proyectar una vía de comunicación internacional por Pichachén. De hecho, el Congreso aprobó una ley para construir una vía férrea que salía desde Cabrero y se internaba hacia la cordillera andina. Parte de ese esfuerzo se observa en la actualidad, particularmente en lo que fue la línea de ferrocarril que solo llegó hasta Polcura (comuna de Tucapel), la cual fue levantada de manera definitiva hace un par de décadas.

Debieron pasar más de 70 años para que la propuesta por Pichachén se reactivara, a partir de lo que fueron las gestiones de las autoridades de ambos lados de la frontera para buscar una alternativa carretera, una vez que se superó la controversia por el canal Beagle que enfrentó a los gobiernos de Chile y Argentina.

Ese esfuerzo tuvo sus frutos y en enero de 1998 se abrió el paso Pichachén durante la temporada de verano. Desde esa fecha hasta nuestros días, existe la convicción que la Región del Biobío debe contar con un paso fronterizo para unirse a la provincia argentina de Neuquén.

Con el paréntesis de dos años por la pandemia, el hito limítrofe se ha vuelto a abrir en la temporada estival, básicamente con la mirada puesta en los turistas, pero con la mirada puesta en continuar con un tren de inversiones que permita consolidar una ruta expedita de comunicación entre ambos territorios, que esté operativa los 365 días del año. Las perspectivas económicas de dicha determinación pueden ser insospechadas, más aún cuando en el lado argentino existe la necesidad de conectarse con los puertos del Océano Pacífico para llegar a los mercados asiáticos.

En lo inmediato, este 2023 se volverá a licitar la construcción del complejo aduanero (las dos primeras no han encontrado empresas interesadas) y se terminará el diseño de la ingeniería para el asfaltado de la ruta entre Abanico y el paso Pichachén. El paso siguiente será la materialización de dicha obra que, de acuerdo a estimaciones preliminares, implica una inversión que supera los 200 millones de dólares.

En un horizonte de 10 años es posible que exista una comunicación expedita por Pichachén, permitiendo no solo una fecunda actividad económica, sino que conectando a los habitantes de ambos países, haciendo posible la necesaria hermandad entre las naciones.


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