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Editorial

Oficios en extinción


 Por La Tribuna

A fines del siglo XIX, dos oficios eran fundamentales para los vecinos de Los Ángeles. Uno era el de sereno y el otro era de vendedor de hielo. El primero cumplía una función que se podría asimilar al de guardia privado de seguridad que se preocupaba de recorrer las calles y así evitar el pillaje, además de mantener el funcionamiento de las lámparas de parafina, rudimentario sistema usado para iluminar las calles. Las familias de mejor situación económica debían pagar un impuesto adicional para pagarle los honorarios a los serenos. El segundo era fundamental para para preservar los alimentos y era traído en carretas desde la cordillera. En 1875 hubo reclamos muy airados por el elevado costo del hielo y la distancia que se consideraba demasiado apartada del centro de la ciudad.

Con el arribo del siglo XX, ambos oficios desaparecieron a medida que también desaparecieron las necesidades que eran cubiertas en su momento. Sin embargo, nuevas necesidades fueron ocasionando la aparición de oficios que respondían a dicho requerimiento.

En el siglo XX, la plaza de armas de la ciudad tenía su retreta a cargo de la banda del regimiento y el paseo del domingo era una de las actividades sociales más importantes. En el entorno, los fotógrafos, quienes se instalaban con sus cámaras para que familias completas se tomaran una instantánea para el recuerdo. También estaban los vendedores de algodón de dulce, palomitas, globos o volantines para distraer a los más pequeños de la casa. Además, había lustrabotas que se multiplicaban en la plaza todos los días de la semana para dejar impecable el calzado de sus clientes.

Pero los tiempos cambian y las necesidades son otras. Esos oficios – que fueron la fuente de sustento digno para sus familias – se enfrentan al implacable paso del tiempo y ahora están en franca retirada. Ya no hay fotógrafos ni vendedores de palomitas. Sus últimos representantes han fallecido en los últimos dos años y no ha habido relevo para la actividad, tal cual como sucedió en su momento con el sereno y el vendedor de hielo. En el paisaje de la plaza de armas solo quedan dos lustrabotas y nada más.

Solo cabe hacer el ejercicio de homenajear a quienes se mantienen en la actividad, en el entendido que serán los últimos representantes de los oficios que desempeñaron durante prácticamente toda su vida.

Lo sucedido es un reflejo de cómo cambian los tiempos, de cómo las sociedades van evolucionando hacia nuevos estadios, de cómo definitivamente estamos dejando atrás el siglo XX para decir, con propiedad, que estamos en el siglo XXI, aún expectantes de lo que pueda suceder.


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