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Editorial / Sistema frontal

Las lluvias y nevadas no pueden hacer perder el foco en la urgente necesidad de profundizar las acciones para hacer frente a un problema que sigue absolutamente latente y que ciertamente no cambiará


 Por La Tribuna

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Las sostenidas lluvias de los últimos dos meses y las intensas nevadas que se concentraron en las jornadas recientes han sido de las mejores noticias que se ha tenido en mucho tiempo, en cuanto a que suponen un freno a más de una década de déficit de precipitaciones y de escasa acumulación nival en la cordillera.

De acuerdo a los datos de la Dirección Meteorológica de Chile, con asiento en el aeródromo María Dolores, hasta la fecha han llovido más de 540 milímetros, que se sitúan dentro del promedio histórico de precipitaciones para el periodo.

Las cifras representan un respiro después de varios años en que dichos valores estuvieron muy por debajo de sus parámetros normales. También, y lo más importante, un alivio para los escenarios de estrechez hídrica que se abrían en los meses siguientes, si no se producían episodios como los recientemente reseñados.

Los episodios de sequía eran excepcionales. En la memoria está lo ocurrido en 1968 cuando la falta de lluvias obligó a tomar diversas medidas, una de las cuales – y que se mantiene en la actualidad – fue realizar los cambios de hora, dos veces al año, para aprovechar al máximo la luz del día y así rebajar la demanda de energía eléctrica para fines de iluminación.

Sin embargo, desde fines de los ’90 y especialmente en la última década, el fenómeno se ha agravado hasta niveles sin precedente alguno. En la zona norte del país había devenido en una debacle social y económica, cuyos principales perjudicados son los pequeños ganaderos y horticultores quienes, simplemente, no tenían agua para sostener su actividad productiva.

Es más, la conurbación Coquimbo-La Serena podía iniciar el racionamiento de agua para el consumo humano, si no se suscitaba un fenómeno de lluvias y nevadas como el vivido en las jornadas recientes. Incluso, no se descartaba que la Región Metropolitana, que concentra más del 40% de la población del país, pudiera enfrentarse en el corto plazo a medidas de esta envergadura.

Al fin y al cabo, fue un respiro de alivio.

Sin embargo, las lluvias y nevadas no pueden hacer perder el foco en la urgente necesidad de profundizar las acciones para hacer frente a un problema que sigue absolutamente latente y que ciertamente no cambiará. Si bien el fenómeno del cambio climático, que incide directamente en la profundización de la sequía, tiene alcance mundial, ciertamente que se deben tomar determinaciones urgentes para hacer un uso racional del recurso, en generar todos los mecanismos para obtenerla, además de procurar su almacenamiento en las épocas de mayor carestía.

Se trata de un desafío mayor que debe movilizar voluntades de las autoridades, del sector privado, de las casas de estudios superiores y, especialmente, de la comunidad en su conjunto para tomar las acciones y decisiones que se deban arbitrar para superar esta emergencia en ciernes.


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