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Editorial

Día del dirigente vecinal


 Por La Tribuna

Fue un 7 de agosto de 1968 que se publicó la Ley N° 16.880 sobre Juntas de Vecinos y demás organizaciones comunitarias, hecho ocurrido durante el mandato presidencial de Eduardo Frei Montalva, en el marco de su política de Promoción Popular.

Su puesta en marcha fue un poderoso incentivo para la organización de las personas, desde su estructura asociativa más básica y fundamental: el propio barrio, vecindario, villa o población. Fue también una manera de normar y encauzar el trabajo que venían realizando las distintas organizaciones sociales que funcionaban en el territorio y que se hacían cargo de enfrentar las distintas problemáticas y realidades.

Antes de la promulgación de esa ley, el país venía enfrentando la denominada “cuestión social”, desencadenada por la creciente pobreza urbana producto de la masiva migración campo-ciudad que dio origen a campamentos y tomas, conocidos como poblaciones callampa, cuyos ocupantes pugnaban por una vivienda. De hecho, en Los Ángeles, los liderazgos vecinales más potentes surgieron de los grupos de pobladores que presionaban por hacer realidad el tener una casa digna donde vivir.

De ahí que surge la idea de institucionalizar y articular a las organizaciones sociales con el Estado, lo cual se trasunta en el proyecto de ley durante el gobierno de Frei Montalva, entregando a las Juntas de Vecinos facultades de representación en el territorio llamado Unidad Vecinal, pudiendo organizarse hasta el nivel nacional.

El consenso político de la época se reflejó en la promulgación de la ley un 7 de agosto de 1968.

La promulgación de ese cuerpo legal es el antecedente original para celebrar el Día del Dirigente Social que fue establecido en 2007 durante el mandato del ex Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, que fue la manera de confirmar el profundo reconocimiento a la labor de los líderes sociales y comunitarios.

Es que ser dirigente social es una demostración tangible de lo que es la vocación de servicio público en estado puro. De ahí que la instauración de su día es una forma de reconocer su labor y aporte al fortalecimiento de la democracia, al generar la articulación y asociatividad desde los mismos cimientos de la sociedad para, desde la organización, procurar resolver las inquietudes de la comunidad, aquellas más cercanas e inmediatas.

Ese trabajo – voluntario y dedicado – muchas veces debe lidiar frente a las incomprensiones, quejas y reclamos de sus propios vecinos frente a tal o cual condición; al desdén, la desidia o la negación de parte de la autoridad que no los recibe, no los acoge ni toma en cuenta sus planteamientos y puntos de vista.

No es fácil ser dirigente vecinal. Es ocupar horas del tiempo propio para entregarlo a los demás sin pedir nada a cambio, quizás solo el reconocimiento y el agradecimiento por la labor realizada. A veces implica dejar a los seres más queridos de lado para resolver una inquietud o recoger un planteamiento.

Una labor que adquiere siempre más importancia en tiempos de emergencia, como la ocurrida durante el terremoto de hace más de 10 años o lo que sucede en la actualidad, en el marco de la crisis sanitaria por la pandemia del coronavirus. Porque han sido los dirigentes los primeros en detectar las necesidades y canalizarlas con las autoridades responsables, los que por cuenta propia han gestionado ayuda y colaboraciones para sus propios vecinos, en una función que tiene mucho más de apostolado que de un trabajo propiamente tal.

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