domingo 15 de diciembre, 2019

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Editorial

Proceso constituyente


 Por La Tribuna

El gobierno anunció al caer la noche del domingo pasado que se abría a una nueva Constitución. El cambio fue notorio, pues sólo 48 horas antes lo único similar que se había escuchado desde La Moneda era la voz de “reformas”. ¿Qué cambió en dos días? Algunos analistas aseguran que lo sucedido en Bolivia con la renuncia de Evo Morales a la presidencia alarmó a los asesores del Presidente Sebastián Piñera, quienes verían como una posibilidad real que el malestar social presione en la misma dirección que lo hizo en la nación altiplánica. Otra voz dice que la presión de las encuestas, de referentes dentro de su mismo sentido político e incluso la presión de su partido habría empujado al Presidente a aceptar que una nueva Constitución era el camino para salir la crisis.

Ahora el tema que viene es la discusión de la forma. El Presidente ya propuso que se realice a través de un Congreso Constituyente que sea validado por un plebiscito ratificatorio una vez que la nueva Carta Fundamental haya sido redactada por miembros del Congreso. Faltan varias definiciones ahí: qué miembros en ejercicio participarán, quiénes no podrán hacerlo, cómo serán escogidos estos representantes, cuánto tiempo tendrán para hacerlo y si se dedicarán exclusivamente a ello o mantendrán sus funciones actuales. Son sólo algunos de los temas por definir.

No parece fácil tampoco lograr la aprobación a la idea inicial. La petición que se ha escuchado desde las marchas de la ciudadanía es la de una Asamblea Constituyente, opción que al menos en su propuesta inicial el gobierno ha optado por desechar. Al análisis de los procesos constituyentes de las últimas décadas en el mundo, pero especialmente en Latinoamérica, se puede ver que el Congreso Constituyente ha sido uno de los que ha derivado en los documentos más estables en la región. Quizás por ese lado va la inspiración del Gobierno.

Con esto no se quiere decir que la Asamblea Constituyente sea un mal presagio. Un país que se toma siempre como modelo, Finlandia, ha optado por esa vía recientemente (2015). Además, la estabilidad es un bien discutible de una Constitución. Si bien lo esperable es no modificarla en los años inmediatamente posteriores, como sucede en general en los países que han pasado por etapas de inestabilidad política, tampoco una Carta Fundamental es eterna. La democracia va cambiando y necesitando que la Constitución se adapte. La mayoría es cambiada prontamente, mientras que solamente unas pocas han durado más de 50 años. El promedio de vigencia de una Constitución es de 19 años.

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