jueves 17 de octubre, 2019

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Editorial

¿Burbuja inmobiliaria?


 Por La Tribuna

Deben existir pocos conceptos que generen más temor entre los economistas que la llamada burbuja inmobiliaria y, en específico, el recuerdo de lo que ocurrió en 2006 en Estados Unidos, que desembocó en una crisis financiera global en 2008, y que significó una de las más grandes afrentas al modelo neoliberal. Un mercado que se regulaba solo estuvo a punto de hacer colapsar a varios países -España, por ejemplo- y tuvo por el suelo a las más grandes bolsas mundiales. En un rubro que se maneja en gran parte por las previsiones y los supuestos, el terror bursátil jugó también un papel en la caída.

Los economistas se apresuran a decir que en Chile las condiciones no son similares a las registradas en la segunda mitad de la década del 2000 en el gigante del norte. Y tienen razón, específicamente en la parte de las barreras de entrada a los créditos. Lo que hizo caer rápido a los bancos norteamericanos fue que ofrecieron créditos hipotecarios a personas que no tenían buenos registros comerciales y cuando éstos dejaron de pagarlos generaron una crisis de liquidez a las instituciones financieras y el consiguiente desplome. En el país se corrigió rápidamente y los créditos de los bancos se tornaron más exclusivos, con altas barreras de sueldo y montos de pie. Así, los bancos buscaron asegurar el pago de los instrumentos.

Hoy, con las tasas de interés en mínimos históricos, los entendidos dicen que es el mejor momento para invertir en un bien raíz. Sin embargo, ¿quiénes tienen acceso a esos hogares? Solamente quienes tienen los ingresos para obtener un crédito o los empresarios inversionistas que pueden costear un nuevo inmueble sobre la base de los que ya poseen. El resto se obliga a arrendar. Y así se genera un incentivo a las constructoras para seguir haciendo inmuebles –igualmente el déficit de unidades es masivo- pero estos solo llegan a intermediarios que no los utilizarán para vivir sino para generar dinero.

La burbuja, si es que la hay, no afecta todavía a los bancos ni a las constructoras sino a quienes no califican para una compra y deben arrendar por el momento. Ni decir que el incentivo para las inmobiliarias a seguir construyendo para percibir los créditos frescos amenaza al desarrollo de las ciudades y al medioambiente ante la falta de planes reguladores minuciosos.

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