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Reportajes

Historias de Biobío: El trágico fin del Jinete Peregrino

Después de 12 años, 9 meses y algunos días de recorrer Sudamérica, lo había conseguido. Fueron 25 mil kilómetros hasta llegar frente a El Vaticano para entregarle al Papa las banderas de cada una de las naciones sudamericanas. Tres años después de cumplida su misión, se quitó la vida.


 Por Juvenal Rivera

10-2, jinete y papa

Nunca entendí muy bien qué hecho puntual, qué motivaciones particulares o cuál episodio de la vida motivó a que Samuel Candia dejara todo cuanto tenía en Argentina (esposa, hijos y una empresa de azulejos) para volver a Chile, a Los Ángeles, a su tierra natal, para iniciar una cruzada que parecía una locura: recorrer Sudamérica a lomo de caballo para homenajear al Papa Juan Pablo II. ¿Su destino final? Ni más ni menos que Roma.

Eso fue a mediados de 1997. Hace más de 20 años.

Cuando hablé con él por primera vez, lo hice con un escepticismo enorme, más cuando me dio detalles de su aventura. No tenía ni un céntimo en los bolsillos. Tampoco los caballos o los contactos necesarios para conseguirlos. Nada. Solo su voluntad y nada más. Una voluntad que, con el tiempo, me demostró ser a prueba de todo.

Candia me dijo que fue ateo gran parte de su vida pero los duros procesos de su vida más reciente lo acercaron a la fe. Nunca le pregunté cuáles fueron esos procesos pero lo que sí era cierto es que en ese viaje introspectivo, tuvo la idea del viaje por Sudamérica para homenajear al Papa. Y para hacerlo más difícil, debía ser caballo. No contento con eso, su plan era ir país por país pidiendo la bandera a cada jefe de Estado.

Cuando las completara, se embarcaría con su pingo hasta Italia, llegaría al Vaticano y entregaría cada una de esas banderas a Juan Pablo II.

Estimaba que si todo marchaba bien, todo el viaje le tomaría unos cinco años.

Luego de un par de notas que publiqué en el diario en ese tiempo, aparecieron algunos apoyos. Un par de criadores de la zona le proporcionaron un par de caballos. Otros le hicieron aportes en dinero para que asumiera el pago de algunos gastos básicos, como la alimentación.

Una mañana tibia de diciembre de 1997, una muchedumbre se reunió cerca del mediodía en la plaza de armas de Los Ángeles. Candia arriba de su cabalgadura y un caballo de apoyo, lucía un sombrero de ala ancha, gafas oscuras y una gran cruz. En torno a él, el gobernador, el obispo y decenas de curiosos que no entendían muy bien de qué se trataba el asunto.

Con más escepticismo que convicción, fue despedido por los asistentes. En ese minuto, pasó a llamarse el Jinete Peregrino, que con el tiempo se convirtió en una suerte de carta de presentación en cada lugar donde llegaba.

Seguí en contacto con él. Hablamos cuando estuvo en Santiago y tuvo los primeros líos para cruzar con sus animales al otro lado de la cordillera. Después en Buenos Aires. Después en Uruguay y Brasil. También cuando estuvo en Venezuela. Eran extensas pláticas por teléfono. Me contaba detalles de cada travesía, de las ayudas encontradas en el camino y de todos los inconvenientes imaginables.

Debió cambiar caballos. Debió dormir en cualquier parte. Debió esperar semanas e incluso meses para conseguir la ayuda necesaria para continuar su marcha. La travesía no duraría los cinco años planificados al principio. En medio de todo, murió Juan Pablo II y asumió Benedicto XVI.

Después le perdí la pista. No volví a saber de él. No retomamos el contacto.

No volví a saber de él hasta que un día leí, también en el diario La Tribuna:

“Jinete peregrino desde Chile llega al Vaticano”. Una foto ilustraba el momento en que Candia finalmente conseguía su propósito: él lucía un sombrero y una llamativa indumentaria de vivos amarillos, su caballo (un ejemplar de origen uruguayo llamado Vencedor) y, a frente, Benedicto XVI.

Después de 12 años, 9 meses y algunos días de recorrer Sudamérica, lo había conseguido. Fueron 25 mil kilómetros hasta llegar frente a El Vaticano para entregarle al Papa las banderas de cada una de las naciones sudamericanas. Incluso, hasta una nota se publicó en un medio de comunicación italiano donde se relataba su odisea.

Después volvió a Chile, a Los Ángeles, a su tierra natal. Hablamos un par de veces pero siempre con la premura del tiempo. Samuel, que ya sumaba más de 60 años, quería que se hiciera conocida su historia pero no había interés en el país. Volvió a algunos lugares que conoció en su periplo por Sudamérica.

Volvió a montar a caballo nuevamente, ahora en otros países, como México y Uruguay, acompañando habitualmente algunas festividades religiosas.

En 2013, supe que el Jinete Peregrino se había suicidado. Su historia, su poco conocida historia, tenía un abrupto fin. No pregunté detalles de porqué lo hizo.

Samuel Candia era un tipo de una voluntad inexpugnable que dejó todo de lado, que resignó hasta lo inimaginable, para conseguir su meta, aunque en eso se le fuera la vida.

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