miércoles 22 de mayo, 2019

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Tinku de Macha, un encuentro con la Madre Tierra


 Por La Tribuna

FIESTA DE LA CRUZ EN SAN PEDRO DE MACHA
BOL06 SAN PEDRO DE MACHA (BOLIVIA)- 04/05/2019.- Indigenas bolivianos de Potosí, participan de la fiesta de la Cruz, en San Pedro De Macha (Bolivia), el 4 de mayo. EFE/Martin Alipaz

Herederos de esta tradición milenaria, quienes hoy habitan el norte de Potosí se citan cada 3 de mayo en Macha, como se conoce al pueblo, para celebrar el “tinku”, que significa encuentro en el idioma quechua.


En el tinku de Macha los golpes, para que unas gotas de sangre humana sirvan de ofrenda a la Pachamama, la Madre Tierra, son solo el colofón de todo un ritual de danzas, música, trajes típicos y arraigo a las raíces quechuas.

EL ZAPATEO AMENAZANTE
La fiesta de la Cruz, conocido como el tinku de Macha no es un festejo más porque, aunque mezclado con el cristianismo desde la llegada de los españoles, se remonta a miles de años, antes incluso de que aparecieran los incas por estas tierras en las que ahora se pastorean llamas.


Se celebra cada 3 de mayo en San Pedro de Macha, una localidad rural en la región boliviana de Potosí, a más de 4.000 metros de altura en plenos Andes.
Algunos historiadores apuntan su origen en la época antes de Cristo, cuando los ayllus, las comunidades originarias del lugar, término que pervive hasta nuestra época, peleaban por las mejores tierras de cultivo. Donde también estaban otras etnias, como la nación Qhara Qhara, que sigue presente en esta región del occidente boliviano.


Herederos de esta tradición milenaria, quienes hoy habitan el norte de Potosí se citan cada 3 de mayo en Macha, como se conoce al pueblo, para celebrar el “tinku”, que significa encuentro en el idioma quechua.


Ese día a primera hora de la mañana empiezan a entrar en grupos desde las cuatro esquinas de la plaza del pueblo, dedicada a Tomás Katari, uno de los héroes indígenas de la resistencia ante los españoles.


Entran a la carrera, cantando en quechua y formando círculos, en los que golpean el suelo con sus botas, con un zapateo que anuncia amenazante que ya están ahí.


EL ESPECTÁCULO DE LA TRADICIÓN
Mujeres de cada comunidad abren la comitiva ondeando unas banderas blancas, seguidas del resto, tanto hombres como mujeres de todas las edades, incluso ancianos y niños.
Algunos alférez y mayoras, hombres y mujeres encargados del orden dentro de tanta algarabía, marcan los límites del círculo con un látigo o chicote, símbolo de autoridad.
Los grupos se cruzan, golpeando el suelo polvoriento de la plaza, convertida en mercado de comidas, ropa, fruta, adornos para el tinku, cajas de cerveza apiladas y lo que sea para hacer negocio con la afluencia de autóctonos y turistas.
Las julajulas o zampoñas, una especie de flauta, y los charangos, una pequeña guitarra, acompañan los cánticos rituales en quechua, en los que se dejan notar los tonos agudos de las mujeres.

La música y los cánticos dan aún más vistosidad a un ritual en el que impactan los trajes típicos.


Algunos jóvenes visten ropas actuales como vaqueros, pero muchos mantienen el atuendo tradicional que incluye, entre los hombres, un casco de cuero en recuerdo al de los conquistadores españoles, con una pluma de ñandú, o suri como de llama por aquí a esta especie de avestruz.

Sombreros de lana de oveja y vestidos de almilla entre las mujeres, chaqueta con adornos multicolores los hombres, pantalón de bayeta con tobilleras y botas, sobre las que se enganchan cintas tejidas con coloridos adornos.

LA PELEA RITUAL
A media mañana es el momento de un pequeño paréntesis para la misa y la procesión de las cruces, otra muestra del sincretismo de la fiesta: la chakana, cruz en quechua, un símbolo de la cosmovisión andina; y el crucifijo cristiano, adornado con poncho, casco o sombrero y un pequeño rostro de Jesucristo.


Pero una vez bendecidas las cruces a la puerta de la iglesia en la plaza, las carreras se intensifican, los gritos de agudizan y se va haciendo patente el efecto de la chicha, un licor de maíz, o de una cerveza de marca argentina.


Antes los grupos solo de cruzaban, pero ahora se van rozando y, por último, llegan los puños. La policía boliviana dispersa los primeros conatos con un gas pimienta, que aleja a muchos entre toses y ojos irritados.


Los policías, colaborados por algún alférez y mayora, optan finalmente por organizar unos círculos para la pelea, ante una multitud de curiosos que incluye a turistas ávidos de una buena foto o de grabarlo en su teléfono, algunos llegados de los vecinos Argentina y Chile.


Algunos se preparan con guantes para la lucha e incluso intentan agarrar alguna piedra, pero desisten cuando las mujeres les reprochan su cobardía.


El combate se caracteriza por darse “guaracazos”, unos puñetes en los que se emplea todo el impulso del cuerpo y con los brazos extendidos, que imitan el movimiento del extremo de una honda cuando se suelta para lanzar un proyectil.

UNAS GOTAS DE SANGRE

“Un poquito de sangre para satisfacción de la Pachamama”, comenta Pastor Campos, técnico de Turismo en el municipio de Colquechaca, al que pertenece Macha.


“No es necesario que haya personas muertas”, advierte, mientras en la plaza los combatientes se dan la mano antes y después del intercambio de puños, hasta que uno cae o los policías deciden que ya fue suficiente.


Hace un tiempo sí había muertos, a veces, no por los golpes en sí, sino por circunstancias añadidas como los efectos del alcohol, un componente más de la fiesta.


“Pero en los últimos años la celebración cumple sin tragedias con el tinku y la chaca, puente en quechuca, al marcar el paso de la época húmeda a la seca en esta tierra de campesinos”, explica el experto Campos desde el balcón de la Alcaldía de Macha, donde se disfruta de una buena vista del
espectáculo.


El propio nombre del municipio, Colquechaca, quiere decir puente de plata.


“Es la representación más grande de la cultura boliviana”, enfatiza, señalando las lágrimas de emoción en algunos de sus protagonistas.


El día de la Cruz es el más concurrido, el que congrega a las comunidades en su rito, pero unas jornadas antes y después, la fiesta se vive en cada pueblo. Con ceremonias como la “ch’alla”, una ofrenda en que se vierte alcohol en la tierra y se queman figuritas simbólicas, y procesiones por el
campo con cruces.


Macha es la capital del tinku desde 2012 por decreto gubernamental, un formalismo para oficializar miles de años de ofrenda a la Madre Tierra.


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