Opinión

¿Quién elige cuando eliges?

Economista y profesor investigador de Faro UDD.

Oscar Monet, Cedida
Oscar Monet / FUENTE: Cedida

¿Recuerdas la última vez que tomaste una decisión importante? Probablemente recuerdas también que, más allá del resultado, la sensación final es que era tuya. Esto tiene fuertes implicancias psicológicas, y la política pública suele pasarlo por alto.

Desde temprano en economía nos enseñan a imaginar un planificador social benevolente: un ente capaz de conocer nuestras preferencias, ponderarlas y asignar los recursos de la forma más eficiente. Es un óptimo ficticio contra el cual comparamos la realidad. Sin embargo, es fácil confundirse y pensar que de verdad existe. Los planificadores terminan pensando que basta con tener los datos correctos y el algoritmo calibrado para decidir por las personas mejor que ellas.

Supongamos que esa fuese la decisión más «óptima», un escenario inexistente. Incluso así sería un error, porque las personas evalúan su vida por los resultados, pero también por si esos resultados nacieron de una decisión propia. Esta es la tesis de Jason Payne, en un estudio publicado en el Journal of Positive Psychology, quien descubrió que la autonomía predice la satisfacción con la vida de forma independiente a los sentimientos de las personas.

Lo traduzco a política pública: cuando diseñamos un sistema pensando solo en optimizar un resultado agregado, sin la persona en la ecuación, podemos maximizar el bienestar medido, pero no el sentido. Por ejemplo, el Sistema de Admisión Escolar busca optimizar la asignación agregada a partir de unas pocas preferencias declaradas por la familia. Parece noble, y bastaría con afinar bien el algoritmo, pero esconde que, al final, la familia no eligió el colegio del estudiante. El resultado puede ser técnicamente razonable y aun así sentirse como una imposición, como «lo que tocó». Sin autonomía.

Y no es la única forma de perderla. Adam Smith, en La Teoría de los Sentimientos Morales, se refirió al papel de la moda y la costumbre en nuestros juicios. En sencillo, cuando algo se pone de moda ya no nos preguntamos si de verdad lo queremos, y empezamos a desearlo sólo porque está en tendencia.

Apple acaba de presentar su teléfono plegable. Con cierta probabilidad, algunos de los que harán la fila para comprarlo nunca se preguntaron si de verdad lo quieren o necesitan. Es lo nuevo, lo que hay que tener. Y el resultado es más irónico aún: el algoritmo al menos tiene la intención de maximizar bienestar, aunque no lo consiga. Aquí solo hay una empresa que busca extraer rentas de sus consumidores. Seguimos la corriente y llamamos elección a lo que en realidad es imitación.

No se trata de volver a un mundo sin sistemas, ni de rechazar toda asignación, ni de renunciar a lo nuevo. Mi punto es entender que hay decisiones donde la autonomía pesa muchísimo, porque son trascendentales e irreversibles, o porque las entregamos sin darnos cuenta. Se trata de recordar que no somos entes que se mueven según se muevan los mecanismos, sino agentes, dueños de nuestras vidas, de las que podemos volver a tomar las riendas.

Oscar Monett

Economista y profesor investigador de Faro UDD.

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