Opinión

Los argentinos y la guerra

MARIO RIOS (10),
MARIO RIOS (10) / FUENTE:

Algunos meses recordábamos ese 28 de marzo de 1982. En dicha fecha, las Naciones Unidas acogían el planteamiento chileno referido a las 200 millas marítimas de uso exclusivo de los Estados ribereños a los grandes océanos. Si bien es cierto, solo se reconocía la plataforma marina y sus aguas, no acogía el uso del subsuelo marítimo. Tal hecho, para todos aquellos que estuvieron en los debates de esta cuestión, no resultaba ser un hecho negativo por cuanto, en los hechos, el bien existente más allá del fondo marino, por las circunstancias de administración de su superficie y sus aguas, prácticamente era imposible que terceros estuvieran en explotaciones que dañaran la soberanía del lugar.

Recordábamos a su vez, que haciéndose presente el embajador Fernando Zegers, responsable primario del éxito chileno, aquel día 2 de abril de 1982, 5 días después de la aprobación en Nueva York, en las oficinas del Presidente Pinochet y con la presencia del Almirante Merino, principal autoridad que extendía su administración 200 millas mar adentro, en medio de la alegría que significaba dicho acto que, en los hechos, nacía otro país que ya no era angosto, ni tampoco había utilizado ni una sola bala en la conquista de ese espacio marítimo, hecho muy inusual en la historia de la humanidad. Sin embargo, no todo estaba marchando adecuadamente.

En un instante ingresa el ministro secretario general de gobierno, Francisco Cuadra y señala, "Malas noticias presidente. En la madrugada de hoy el ejército argentino invadió las islas Malvinas". El almirante Merino se sorprendió expresando con voz fuerte: "Esta es guerra Augusto. Los ingleses no se dejarán invadir". Y así fue. Hubo una guerra absurda por parte de los argentinos, falleciendo más de 600 de sus soldados perdiendo embarcaciones y asumiendo un ridículo mundial.

Años antes, en 1884, el diplomático argentino, Dardo Rocha realizaba una gestión en La Paz, con sus parlamentarios, algunos bastante ignorantes de las características que el mundo estructuraba sus naciones y demás asentamientos humanos. Había recibido del presidente Campero la noticia de que Chile ofrecía a Bolivia el puerto de Arica y eventualmente el territorio de Tacna. El presidente de Chile, Domingo Santa María, había expresado que "la mediterraneidad de Bolivia, sin una salida al mar, será problema eterno para Chile". En virtud de tal aseveración, y con el beneplácito del Congreso, ofrecía que la administración de los departamentos de Tacna y Arica resolviera su futuro administrativo, considerando un plebiscito para que sus habitantes resolvieran si querían ser peruanos o chilenos.

Santa María pensaba que ese plebiscito lo ganaban los chilenos y de esa forma el Gobierno chileno lo podía traspasar a Bolivia, resolviendo la mediterraneidad ya comentada. Dardo Rocha, el diplomático argentino, convenció a los parlamentarios bolivianos que Argentina "tendrá una guerra con Chile, la ganaremos y devolveremos Antofagasta a Bolivia y Tarapacá a Perú". No hubo guerra y Bolivia perdió todo. Ya conocemos lo ocurrido el año 1978 con el problema del Beagle. También Argentina perdió una buena parte de sus pretensiones y sus militares demostraron una vez más sus debilidades castrenses con sus vecinos. Conocida su historia, debemos estar tranquilos. Los argentinos hablan mucho, pero dicen poco.

Mario Ríos Santander

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