Opinión

Poetasentiemposdemiseria

Investigador asociado Faro UDD

Agustin Larson, Cedida
Agustin Larson / FUENTE: Cedida

El final del siglo XVIII y el inicio del XIX en Europa son momentos de profunda incertidumbre. Ha caído el Ancien Régime y, con él, la idea de mundo que se tenía hasta entonces. Se produce así un transitar turbulento, una noche oscura de la civilización, donde parecen haber huido, en medio del caos, los dioses. Todo lo que se tenía por cierto y perenne ya no es más que a handful of dust —un puñado de polvo—, como diría T. S. Elliot de la crisis de su propia época.

Ese transitar epocal, al que tantos han dedicado líneas, tiempo y lágrimas, es siempre un momento de crisis profunda para sus transeúntes. Despojados de la seguridad que dan las estructuras, yacen desnudos y aturdidos. Es en esos instantes de desconcierto en los que la humanidad ha buscado refugios diversos. Aunque distintas entre sí las crisis y las respuestas, parece ser que siempre que es el género humano el afectado, nacen respuestas humanas; humanistas, si se me permite.

 Nuestro tiempo asiste a notables cambios. Sin temor al lugar común, el avance avasallador de la IA, las potenciales transformaciones laborales, la caída mundial de la natalidad, los diversos frentes bélicos activos, el agreste panorama económico y el tambaleo incesante de lo occidental son preocupaciones compartidas. Quizás sea apresurarnos, pero ya se sospecha que lo nuestro es, con todo lo que ello significa, un cambio de época.

Así las cosas, y a contracorriente de la discusión nacional marcada por la eficiencia pragmática —muy necesaria, claro está—, cabe preguntarse por las respuestas humanistas que, cual faro de mares turbulentos, acompañarán nuestro caminar. Lo primero que habría que preguntarse es ¿tienen algún sentido las humanidades en este tiempo? O dicho de otro modo, ¿para qué poetas en tiempos de miseria?, repitiendo a Hölderlin, quien vivió el cambio descrito en las primeras líneas de esta columna.

Lo lógico sería poner todos los esfuerzos en resolver los problemas, depositando nuestra esperanza moderna en la técnica. Las humanidades, inútiles per se, caerían en la categoría de lo prescindible. ¿Ha visto usted a un poeta ofrecer respuestas a la inflación? ¿A un filósofo planear la reconstrucción de una zona arrasada por una catástrofe? ¿Tal vez a un literato intentando revertir la crisis demográfica? Parece sensato entonces enfocarnos en lo útil hasta que el peligro inminente haya sido evitado o alguna injusticia clamorosa corregida, dirá C. S. Lewis.

Pero, cuando pase el temblor, ¿qué humanidad nos quedará? No podemos esperar el momento adecuado (para las humanidades) que nunca llega, siguiendo con nuestro amigo inglés. La magnífica humanidad, como la llama el Papa León XIV, no se puede "chutear al córner". Y ella bebe, en todo tiempo, de la poesía, la belleza y el amor. Dicho lo cual, cambiemos las preguntas: ¿Qué sentido tiene este tiempo? ¿Ha visto usted a algún economista hablando de poesía? ¿A algún político pensando en cómo traer belleza al mundo? ¿Tal vez a un estadista intentando revertir la crisis del amor y el compromiso? Quizás las humanidades no reconstruyan ciudades ni controlen la inflación, pero ayudan a responder la pregunta por aquello para lo cual vale la pena reconstruir ciudades y combatir la inflación.

Agustín Larson, Investigador asociado Faro UDD

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