Opinión

Camila Vallejo y el retorno del siglo XX

Faro UDD

Lucas Miranda, Cedida
Lucas Miranda / FUENTE: Cedida

En julio de 1959, en un pabellón de Moscú, Richard Nixon le exhibió a Nikita Jruschev una cocina americana de vitrina: lavavajillas, lavadora, refrigerador. La escena que hoy nuestra izquierda leería como un catálogo de reparos —una mujer amarrada al delantal, el consumismo, la obsolescencia y el derroche energético— le arrancó al soviético un gesto de desdén: "Su actitud capitalista hacia las mujeres no tiene lugar en el comunismo", "Sus casas estadounidenses están construidas para durar sólo 20 años" farfulló inicialmente contra Nixon. Pero rápidamente abandonó esa línea de argumentación para afirmar que el socialismo alcanzaría pronto ese nivel de vida y que después, al pasar de largo, les haría adiós con la mano. Nixon y Jruschev, finalmente, no discutían el sentido de la abundancia: se disputaban su paternidad.

Ese debate vuelve a la memoria ante la reciente reaparición pública de Camila Vallejo en un podcast. Por supuesto, habló de cuestiones de género, distributivas y valóricas. Pero su tesis central fue que a Chile le falta una política industrial: el problema es que el país no crece, y por ahí debe ir la crítica al neoliberalismo. En una columna anterior sostuve que la izquierda frente a Kast se había vuelto conservadora, sin proyecto propio, ocupada en montar guardia sobre las reformas de Bachelet II y Boric. El énfasis de Vallejo insinúa que ya emerge algo que proponer. Conviene mirar adónde va.

Lo que asoma es un regreso al siglo XX y su debate de la cocina. La izquierda de las últimas dos décadas —valórica, ambiental, de género— decretó bajo el segundo gobierno de Bachelet, y luego en la Convención Constitucional, que la torta ya estaba crecida y que tocaba repartirla y atender demandas posmateriales. Esa izquierda pierde terreno hoy frente a otra que habla como Jruschev: pone el acento no en los males que un modelo alternativo evitaría, sino en su mayor destreza para desarrollar las fuerzas productivas. Vuelve a presentarse como la más capaz de calentar los motores de la economía, y no como la que quería bajarles las revoluciones para que el planeta no se recalentara.

Que el debate vuelva a girar en torno al crecimiento no es triunfo de nadie. La derecha hizo de él su bandera y la izquierda que surgió al calor del 2011 lo relegó, pero el nuevo marco no lo ganó ninguna con sus argumentos: lo impuso la demanda ciudadana. Un país con el empleo trancado, sueldos que no llegan a fin de mes y clase media en cuotas dejó de atender a las profecías de Ñuñoa.

Otra cosa es pensar que la política industrial sea mágica: Vallejo la ofrece como atajo cuando las grietas están en los cimientos. Antes de que el Estado escoja industrias ganadoras hay que reparar una educación donde cuatro de cada diez alumnos de octavo básico no alcanzan lo mínimo, y soltar las amarras de un mercado laboral que encarece contratar a quienes esas industrias necesitan. Que la izquierda vuelva a valorar el crecimiento es buena noticia. Pero eso de alcanzar y superar ha sido siempre más promesa que realidad: a los soviéticos la cocina que Nixon les mostró nunca terminó de llegarles.

Lucas Miranda - Faro UDD

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