Opinión

Cuando la inflación llega a la mesa

Decano Facultad de Ingeniería y NegociosUniversidad de Las Américas

Lorenzo Reyes, Cedida
Lorenzo Reyes / FUENTE: Cedida

La inflación es uno de los indicadores más utilizados para evaluar la evolución de una economía. Sin embargo, las cifras agregadas no siempre reflejan cómo las familias experimentan el aumento del costo de vida. En el periodo 2021-2025, en Chile el Índice de Precios al Consumidor (IPC) acumuló un incremento de 35,9%, mientras que, el costo de los alimentos que integran la Canasta Básica de Alimentos (CBA) aumentó entre un 50% y un 60%. En otras palabras, los productos esenciales para la alimentación de los hogares se encarecieron mucho más que el promedio de bienes y servicios.

La brecha comenzó a hacerse evidente en 2021. Ese año, el IPC registró una variación de 7,2%, impulsada por la recuperación económica posterior a la pandemia. Sin embargo, los alimentos ya mostraban aumentos superiores al promedio nacional. La situación alcanzó su punto más crítico en 2022 cuando la inflación llegó a 12,8%, el mayor registro en más de tres décadas. Paralelamente, numerosos productos alimentarios experimentaron alzas superiores al 20% anual, afectando directamente el presupuesto familiar.

Las causas fueron diversas y simultáneas. A los efectos rezagados de la pandemia se sumaron las interrupciones en las cadenas globales de suministro, el aumento de los costos logísticos y de transporte, la depreciación del peso frente al dólar y, especialmente, las consecuencias de la guerra entre Rusia y Ucrania sobre los mercados internacionales de granos, fertilizantes y energía. Como estos insumos son fundamentales para la producción agrícola y pecuaria, el aumento de costos terminó trasladándose a los consumidores.

Los mayores incrementos se concentraron en alimentos de consumo cotidiano como pan, harina, aceite, huevos, carne, lácteos, frutas y verduras. Este fenómeno tiene una profunda dimensión social, ya que los hogares de menores ingresos destinan una mayor proporción de sus recursos a la alimentación. Por ello, una inflación alimentaria persistentemente superior al IPC general reduce con mayor intensidad su poder adquisitivo y amplía las brechas existentes.

Aunque desde 2023 las presiones inflacionarias comenzaron a moderarse gracias a la acción del Banco Central y a la normalización de los mercados internacionales, los precios no retrocedieron; simplemente dejaron de crecer al ritmo observado durante la crisis. De hecho, la CBA alcanzó valores cercanos a los $70.000 por persona en 2025. Lo anterior, deja en evidencia que una menor inflación no significa necesariamente un menor costo de vida.

Para millones de familias, la inflación se mide menos por los indicadores oficiales y más por el precio del pan, la leche o los huevos al momento de comprar. Cuando los alimentos aumentan por sobre la inflación general, el desafío deja de ser exclusivamente económico y se transforma en una cuestión de equidad y bienestar social.

Dr. Lorenzo Reyes Bozo

Decano Facultad de Ingeniería y Negocios

Universidad de Las Américas

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