Opinión

Testigos o protagonistas de cambios

Director del Liceo bicentenario de Excelencia Nuevo Mundo de Mulchén
Magister en Educación en Valores y Democracia en América Latina

Eduardo Fuentes Barra, Cedida
Eduardo Fuentes Barra / FUENTE: Cedida

No fuimos inventores de la escritura, ni protagonistas de la Revolución Industrial, pero sí somos contemporáneos de una transformación de alcance comparable: la expansión masiva de las redes sociales y la inteligencia artificial.

Hoy, en cierto sentido, actuamos como conejillos de Indias: se experimenta y valida con nuestras prácticas digitales la arquitectura del futuro humano.

Serán las generaciones futuras quienes paguen parte del costo por el mal uso de estas herramientas, hasta que se establezcan regulaciones y formas de uso más adecuadas.

A lo largo de la historia, la humanidad se ha tenido que adaptar para sobrevivir a grandes cambios; ese proceso, sin embargo, deja secuelas. Muchos avances científicos y tecnológicos han cobrado víctimas. Actualmente, las principales son los más pequeños.

La alta capacidad adictiva de las pantallas y las aplicaciones, que provocan alzas de dopamina y otros neurotransmisores, sustituyen en muchos casos las recompensas naturales derivadas de la actividad física y el juego. Ese desajuste afecta el desarrollo cognitivo, emocional y social de niños y jóvenes.

En las calles de muchas ciudades vemos a personas víctimas de sustancias adictivas que vagan como zombis; sin embargo, como sociedad solemos normalizar las descompensaciones emocionales de los niños a quienes se les restringe el acceso a celulares y pantallas, sin percibir que el fenómeno adictivo es similar en ambos casos. Esa doble mirada dificulta reconocer y abordar el problema con la misma seriedad.

Además, cabe preguntarse cuál es la conexión entre este fenómeno y el protagonismo de algunos jóvenes en acciones violentas dentro y fuera de los colegios. El aislamiento, la exposición a contenidos agresivos, la normalización de conductas en redes y la búsqueda de reconocimiento virtual pueden alimentar impulsos desregulados y convertir a los centros educativos y a los espacios públicos en escenarios de conflicto.

La pregunta inevitable es cuánto tiempo tardará la sociedad en regular esta telaraña de pantallas y en dejar de exponer de forma tan indiscriminada a las nuevas generaciones.

¿Cuántos pagarán ese costo? ¿Qué impacto social y qué precio pagará la humanidad? Y, en última instancia, ¿serán los hijos y nietos de quienes hoy leen estas líneas parte de ese sacrificio generacional?

Es imprescindible abrir el debate público, promover políticas protectoras y educar para un uso responsable de la tecnología antes de que las consecuencias sean irreversibles.

Eduardo Fuentes Barra

Director del Liceo bicentenario de Excelencia Nuevo Mundo de Mulchén

Magister en Educación en Valores y Democracia en América Latina

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