Opinión

Irán y el día después

Académico Facultad de Gobierno, U. Central

Sebastián Briones, Cedida
Sebastián Briones / FUENTE: Cedida

La guerra de Irán ha convocado enorme atención sobre la estabilidad regional, el mercado petrolero y la ejecución de las operaciones militares mismas, o más bien sobre sus propósitos y efectos.

La estabilidad regional es y ha sido frágil. El régimen iraní es ciertamente una de sus fuentes, toda vez que suele promover actores violentos en el exterior. No obstante, el mayor peligro emergente no es la exportación de violencia de manera soterrada —algo que realiza regularmente—, sino el eventual colapso de la gobernabilidad. Si Irán terminase como Libia, un país fraccionado, empobrecido y violento tras la caída de Gadafi, podría mutar en una zona carente de orden.

Por ello, la permanencia de un régimen opresivo podría no ser el peor de los escenarios. Eliminar un gobierno tiránico no garantiza un sucesor más benigno (recordar la caída del Sha en los setenta). Fue por esa posibilidad que occidente comulgó con gobiernos autoritarios, especialmente durante la guerra fría, como manera de prevenir regímenes totalitarios, fanáticos o la anarquía. Cuando renunció a dicha posibilidad a favor de un cambio de régimen, sobrevinieron casos como la guerra civil en Siria.

El petróleo que sale por el estrecho de Ormuz es ciertamente relevante para Asia y Europa. Por allí se exporta la mayor proporción de la producción de Iraq, Irán y los países del Golfo. Pero, al margen de quién compra directamente ese producto, los mercados globales sufren de la escasez, dada la baja elasticidad en el corto plazo. Al margen de la electrificación y creciente uso de fuente renovables, la industria global aún depende masivamente de él como materia prima y energía.

Las operaciones militares en Irán se han limitado hasta ahora al dominio del aire y el bombardeo de objetivos mediante aeronaves, misiles y drones; al control de la costa y destrucción de determinados buques e instalaciones costeras; y al empleo de fuerzas especiales. La idea de una invasión en tierra, al estilo de Iraq o Afganistán, se presenta como una demasiado costosa, larga e impopular. En su lugar, podría acabar como las intervenciones en Venezuela o Siria (primer mandato Trump): acciones predominantemente a distancia, sin ocupación de territorio y, por ende, sin control total sobre los designios del gobierno local.

¿Entonces el gobierno de EEUU no previó nada de esto? Puede ser que la hoja de ruta nunca estuviera complemente planeada, sino, siguiendo a Katzenstein y Seybert, que esto pertenezca más bien a la llamada política protea. La acción no está destinada a cumplir un propósito claramente definido, sino a quebrar inercias abriendo oportunidades de acción. El objetivo inmediato es permitir al gobernante, en este caso Donald Trump, maniobrar si las circunstancias que se abren son favorables, dado que se considera a sí mismo hábil para hacerlo (al margen de que lo sea o no). Ello podría explicar la apertura de tantos escenarios (Venezuela, Groenlandia, Canadá), sin lo que pareciera un plan maestro; pero, a fin de cuentas, ¿se cumplió el plan en Afganistán, Libia, Iraq o Corea del Norte? Actuar así, sin embargo, demanda cruzar límites que otros actores no se han atrevido a pisar, obteniendo resultados y pagando costos que los antecesores no obtuvieron ni enfrentaron.

Pero el resultado para irán es que, salvo una acción de grupos internos, esta operación podría distar mucho de garantizar un cambio de régimen.

Sebastián Briones Razeto

Académico Facultad de Gobierno, U. Central

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