Opinión

Debatir hasta morir: el caso de Charlie Kirk

Abogado
Magíster en Derecho Laboral
Diplomado en Litigación Oral
Director de Control Municipalidad de Quilleco

Ociel Rubilar, Abogado
Ociel Rubilar / FUENTE: Abogado

Aún me encuentro en shock por la muerte de Charlie Kirk. Para quienes no lo conocieron, Kirk fue un padre de dos hijos y una figura conservadora que alcanzó notoriedad en EE. UU. por su activismo de derecha y su abierta alianza con Donald Trump. Lo suyo no era solo pose discursiva: defendía con implacable rigor, aunque polémico, la familia tradicional, el derecho a portar armas y una visión estricta de la inmigración. Su mayor mérito, quizás, fue nunca eludir el debate, enfrentando en foros universitarios y mediáticos a cientos o miles de seguidores y detractores con la única arma legítima (según yo) del pensamiento: la palabra.

No comparto muchas de sus ideas. Pero el impacto de su muerte proviene, para mí, de la convicción de que el debate abierto es el barómetro de una sociedad libre. Como abogado y amante del debate, suscribo esa frase (mal atribuida a Voltaire): "No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo". Por eso, cuesta digerir que alguien termine pagando con su vida la osadía de defender sus ideales. Resulta un síntoma anacrónico y peligroso.

Sin embargo, lo que más estremece, y en ello cabe una reflexión amarga, es contemplar cómo, en esta paradójica época, aquella militancia identitaria que antaño clamaba por protección como minoría perseguida despliega hoy una eficacia implacable para silenciar voces disidentes, invirtiendo los roles y transformando la censura en una nueva dictadura, diligente e implacable. Lo que antes se denunciaba como exclusión ha mutado en una intransigencia feroz, donde la condena colectiva suplanta al razonamiento, y la funa, al parecer, no es suficiente y toma protagonismo la muerte. Esta realidad se reveló con crudeza tras la muerte de Kirk: convertido en fenómeno viral en TikTok, emergieron entrevistas de sus detractores que celebraban su partida, dejándome aún más inquieto ante la insensibilidad y el odio desatado.

Insisto: puede que no haya compartido las ideas de Kirk, pero soy defensor de la idea del debate libre. Tuve la fortuna, en la universidad, de participar en los torneos de debate de Santo Tomás. Recuerdo que, al principio, el encargado de los equipos, el capitán, hoy directivo de esa casa de estudios, no quería llevarme; se me consideraba muy problemático aparentemente. Argumenté constantemente a mi favor, y le decía: "Lléveme y seremos campeones". Después de un año (o más) de insistencia me llevó y finalmente lo logramos. Abracé el debate con pasión, lo hice parte central de mi formación, hasta el punto de ser invitado a impartir clases de oratoria, técnicas para hablar en público y argumentación. Muchas veces extraño esa efervescencia de la discusión, ese calor de la inteligencia puesta a prueba en el foro académico. Quizás por eso, aunque no compartiera muchas de las ideas de Kirk, su ausencia la siento como propia: una cruel y malograda victoria de la intransigencia, y una derrota para la diversidad de voces que da sentido a la vida democrática.

Quizás Karl Popper tenía razón al advertir que debemos "reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes", pero la tragedia de nuestro tiempo radica en que ya no sabemos quiénes son los verdaderos intolerantes en esta inversión perversa de roles donde los antiguos oprimidos se han convertido en opresores implacables. ¿Será entonces que nuestro deber como seres pensantes es callar, asentir, doblegarnos ante la nueva ortodoxia para preservar nuestras vidas? ¿Hemos llegado al punto donde la supervivencia exige la castración intelectual, donde el precio de la coherencia es la muerte y el costo del silencio es la dignidad? El destino de Charlie Kirk se alza como un epitafio siniestro de nuestra época: en una sociedad donde la tolerancia se ha vuelto selectiva y letal, donde la diversidad de pensamiento se castiga con la aniquilación, tal vez el único acto de rebeldía que nos queda sea precisamente este: seguir hablando, seguir pensando, seguir existiendo como seres libres, promoviendo el debate, aun sabiendo que cada palabra puede ser la última, que cada idea expresada nos acerca un paso más al abismo que ya devoró a Kirk y que espera, paciente y voraz, por el resto de nosotros.

Ociel Rubilar Vallejos

Abogado

Magíster en Derecho Laboral

Diplomado en Litigación Oral

Director de Control Municipalidad de Quilleco

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