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Opinión

Patricio Aylwin: una estatua que rinde honores a un hombre republicano


 Por Jorge Rivas Figueroa
Administrador Público - Licenciado en Ciencias Políticas

Jorge Rivas, alcalde de Mulchén


Las generaciones posteriores al gobierno militar de Augusto Pinochet (dictadura o pronunciamiento, como Usted quiera) no han logrado dimensionar la importancia de Patricio Aylwin Azócar en la historia republicana de Chile. No solo porque fue el Presidente de “la transición” que aún no termina, sino porque su vida está marcada por la historia Republicana de un Chile cuya clase política necesita con urgencia el retorno de personas cargadas de valores patriotas que buscan el bienestar de todos/as quienes habitan nuestro territorio.
Hombres como Aylwin (político histórico admirado por muchos) , cuya estatua hoy acompaña a Arturo Alessandri en La Plaza de Ciudadanía, dan cuenta de cómo los valores de la Nación están por sobre los nombres, sobre los intereses personales que cada uno carga producto de ideologías antagónicas, mismas que en el pasado nos llevaron a fuertes quiebres institucionales y que sin ir más lejos se han manifestado, por ejemplo, en el “Estallido Social”.
Ambas etapas de nuestra historia quedarán cerradas el día que exista una nueva Constitución Política del Estado, porque recordemos ese es el mandato de los chilenos y chilenas.
Pero volviendo a Miguel Patricio Aylwin Azócar (1918 – 2018) y su importancia en la vida republicana del Chile del Siglo XX me quiero detener en tres puntos que realzan su figura. Como uno de los fundadores de la Democracia Cristiana y miembro de la falange hasta su muerte, Aylwin fue un crítico de Salvador Allende y a instancias de otro grande de la historia de Chile (me refiero al Cardenal, Raúl Silva Henríquez), fue el responsable de ingresar a La Moneda el 17 de agosto de 1973 para buscar una salida democrática a la crisis social y política que se arrastraba en Chile. No lo logró y en menos de un mes, Allende salió muerto de La Moneda. Ese mismo día comenzó el terror.
Es cierto, quien gobernó Chile entre el 90 y 94 ni siquiera firmó la famosa carta de los 13, 13 falangistas que rubricaron una misiva contra el Golpe de Estado, fecha en que Aylwin además era el presidente de la DC. Sin embargo y al poco andar de los horrores de la dictadura, Aylwin se convirtió en uno de los opositores más férreos de Pinochet y junto a su amigo y mentor, Eduardo Frei Montalva, no dudaron en cuestionarlo, cuestión que costó la vida de este último.
La historia de este héroe justifica sin lugar a dudas este monumento, emplazado junto al de Arturo Alessandri y en cuya presentación Boric ha manifestado su deseos de estar a la “altura de su sobriedad y altura republicana” ojalá lo logre, los chilenos/as lo merecemos.
Pero sin lugar a dudas y basados en los tres puntos antes mencionados, las palabras de Aylwin en la entrega del Informe Rettig resuenan a diario como un eco en mí, porque no es fácil reconocer un error y pedir disculpas a todo un país, porque para él, Chile siempre fue uno solo y tuvo la valentía de ir de frente dialogando con todos aquellos que pensaban distinto.
Fue el presidente que gobernó con las cadenas y grilletes que heredó la Constitución del 80, pero también fue el presidente que guio los destinos del país con Pinochet en el Congreso, con acuartelamientos e innumerables presiones de un ejército que no lograba entender su derrota en las urnas. Fue el hombre que soportó las presiones y que durante 4 años refundó los pilares de una democracia moribunda, pero que logró salvarla junto a todos esos hombres y mujeres que nos devolvieron la paz a través del verdadero y desinteresado uso de la política. Gracias al gobierno del presidente, Gabriel Boric, por reconocerse en esa generación que ha criticado la transición, pero que ha entendido que esas personas que la lograron, han sido los pilares del Chile que hoy gobiernan.

Jorge Rivas Figueroa
Administrador Público – Licenciado en Ciencias Políticas


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