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Una decisión informada

“Una democracia constitucional está en serios problemas si sus ciudadanos no tienen un cierto grado de la educación y de la virtud cívica.” Phillip E. Johnson.


 Por Alejandro Mege

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Somos alrededor de 15 millones de ciudadanos chilenos los habilitados para pronunciarnos, la mayoría de manera obligatoria, el 4 de septiembre, frente al “apruebo” o al “rechazo” de la propuesta de una Nueva Constitución, sobre la cual cerca del 80 % de la población concordó realizar en noviembre de 2019, no solo por la necesidad de construirla para resolver las inequidades sociales que afectan a la mayoría de la población, también con la esperanza de hacerlo para proyectar  nuestra sociedad hacia un futuro más promisorio para las nuevas generaciones. Así, un grupo de electos convencionales constituyentes fueron mandatados democráticamente para redactar una propuesta constitucional a ser sometida al veredicto ciudadano, lo que ocurrirá el día indicado. La propuesta  que, en un momento se llamó la construcción de la “casa de todos”,  ha  estado, y sigue  estándolo, sujeto a críticas en cuanto a su elaboración y a los resultados de lo que se propone, hecho que a nadie ha dejado indiferente, aunque no todos, por distintas razones, tengan sobre ella una opinión personal formada. Así, desde sus inicios, las diferencias en las posiciones ideológicas de los convencionales, – legitimas por lo demás-  así como sus desiguales experiencias, competencias y compromisos para asumir tan importante  tarea, con similar convicción y acuerdo de lo que debiera ser el bien común, sin convenientes interpretaciones personales, donde las salud, la educación, el trabajo con una remuneración digna, la seguridad social y el natural derecho al descanso y la recreación, con igualdad ante la ley, sin que se asignen privilegios especiales que, por ser tales, linden en la discriminación, actuaron como un telón de fondo que condicionaron llegar a consensos  frente a las más diversas materias, algunas especializadas, incluso controversiales, que conforman una Constitución Política que va a dibujar por muchos años la forma de vida y las relaciones internas, incluso externas, de la sociedad chilena. Una Convención que se inició con una actitud triunfalista de algunos sectores que hicieron sentir e imponer, en la forma y en el fondo,  el peso de una mayoría convencidos que sus propuestas eran las mejores, desdeñando incluso las voces de los “mayores”. La historia personal – que es como la luz o la sombra que acompaña a cada ser humano-  sus heridas sociales, su educación, la influencias del medio en que le tocó nacer y vivir, sus creencias, sus triunfos y sus derrotas; sus sueños cumplidos o sus esperanzas sepultadas, su sed de justicia, sus opciones o  compromisos ideológicos, que le hacen mirar de una determinada manera la vida en sociedad, le llevan a ubicarse en una o la otra vereda de la sociedad, a veces, en una posición irreductible que solo la fuerza de la realidad obliga a cuestionarse, como ha ocurrido cuando la voz del pueblo se manifestó, a través de las encuestas ciudadanas, poniendo en duda que la propuesta constitucional fuera todo lo justa, equitativa y buena que se esperaba. Siendo así,  no son pocos  de  los que se han pronunciado por el apruebo, como quienes lo hecho por el rechazo, que han reconocido, aún con explicaciones que a los profanos  no le aclaran mucho, las deficiencias de la propuesta, de modo que están por aprobar o rechazar para mejorar la propuesta constitucional elaborada, situación que bien pudo haber sido distinta, incluso  innecesaria, si desde el inicio la actitud    de los convencionales hubiera sido otra.

Así las cosas, es la decisión personal, informada, democrática, autónoma y respetada de los votantes la que, finalmente, exprese su opinión por el bien de Chile. Es de esperar que sea la mejor decisión.


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