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Opinión

El valor de la educación


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

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“El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano”. Platón.”

Al abrir la puerta de ingreso al cajero automático del banco, para permitir el acceso a la señora que, con bolso en mano, intentaba entrar, la dama –porque lo era- dijo: ” ¡Muchas gracias! No esperaba que aún existieran caballeros”. Al llegar a casa, le conté a mi esposa que me habían llamado “caballero”, por el solo gesto de haber abierto la puerta a una señora. Ella me miró y  solo dijo: ¡Qué raro! Quedé con la duda de que si era raro que me lo hubieran dicho o que era raro que yo lo fuera.

En la escuela rural donde inicie mi vida profesional, hace muchos años, conocí a personas que se reconocían “tener poca escuela”, incluso que ni siquiera sabían leer ni menos firmar con su nombre pero que, en su modestia, honestidad y forma de relacionarse y respetar a los demás, resultaban ser personas educadas de verdad, como existen tantas que, por diversas razones, no tuvieron la posibilidad de recibir una educación formal, pero que resultan ser verdaderos caballeros y las mujeres verdaderas damas.

Alcanzar la caballerosidad, como un hombre que se comporta con generosidad, nobleza, respeto y moralidad es, en el fondo, un ser educado, y ser realmente una persona “educada”, que no es sinónimo de ser  “instruida”, puesto que existen personas altamente instruidas que no han alcanzado la condición de educadas y eso porque una verdadera educación de calidad no es solo la acumulación de años de estudio, de conocimientos enciclopédicos, títulos y grados académicos, sino cuando se logra ser una persona que se destaca por su actitud, comportamiento y valores de sana y constructiva convivencia, honestos, responsables, con capacidad de respetar, escuchar, controlar sus palabras y emociones en cualquier circunstancia sin herir a nadie. Menos constituye haber recibido una educación de “calidad” solo por haber asistido a un establecimiento educacional reconocido como prestigioso, obtenido altas calificaciones y haber logrado finalmente un título universitario, que certifica competencias  en un área profesional determinada  pero que no acreditan en una persona la incorporación de actitudes, principios y valores que permitan una armoniosa y respetuosa  vida familiar, así como una vida  sana, constructiva y honesta en la sociedad de que se forma parte y que, en el ejercicio de su actividad o profesión actúan con rectitud y honestidad. Donde la ética de su profesión constituye su sello de vida.

 El fortalecimiento y éxito del ser individual, la competencia y el abrirse camino en la vida social, política y económica, no importando los medios, resulta ser el camino y la meta de quienes solicitan recibir una educación de “calidad”. Una educación de calidad, que fuera el sello distintivo de instituciones educativas emblemáticas, lugar donde estudiaron y, especialmente,  se formaron como personas de bien destacados ciudadanos, han perdido los principios y valores constitutivos del prestigio que la sostuvieron por muchos años, constituyéndose  en focos de conductas antisociales, de insensata destrucción, odio y violencia desatada, ocultando valientemente su identidad para, en el anonimato, no hacerse cargo del daño y, muchas veces, del dolor  que causan.

El valor de la educación que, para ser educación, debe ser de calidad integral, está en entregar a cada persona las posibilidades de conocerse a sí mismo, reconocer sus debilidades y competencias; formarse como un ser individual y social  al mismo tiempo, de crecer y desarrollarse como ser humano miembro de una sociedad donde tiene deberes que cumplir y derechos que ejercer de manera responsable y consciente. Y, no siempre los que se consideran más doctos, lo consiguen. Lo logran los más humildes.


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