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Opinión

El derecho a la educación e  igualdad de la educación.   


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

ALEJANDRO-MEGE

I parte.

“La igualdad es el alma de la libertad, de hecho, no hay libertad sin ella”. Francis Wright.

La Convención Constitucional aprobó, cuando el tiempo asignado a su trabajo se terminaba, la incorporación en el relato de la Nueva Constitución  que: “todas las personas tienen el derecho a la educación. La educación es un deber primordial e ineludible del Estado” y que, “La educación será de acceso universal en todos sus niveles y obligatoria desde el nivel básico a la educación media”. Eso, entre otras disposiciones no menos importantes, con el reparo de los sostenedores de la educación particular subvencionada y privada que se estiman desconocidos y desplazados en el aporte que hacen a la educación. Lo que no se asegura en la Nueva Constitución, como no se asegura en la actual, es que el derecho a la educación entregue también certezas   que la educación que reciban las nuevas generaciones se revestirá de  condiciones básicas que permitan la igualdad de la educación que impartan las instituciones educacionales, independiente del centro educacional donde se reciba, ya que no es lo mismo una  educación que se imparte en una escuela de un sector rural y otra de la ciudad, incluso entre una ubicada en el centro urbano con otra de la periferia; entre una pública y otra privada. Las razones de esas diferencias son multicausales, pero en ellas el Estado tiene una responsabilidad con la educación pública de la que no se ha hecho cargo.

Al respecto, una experiencia personal. Cursé, hace muchas décadas, 1º y 2º año de educación primaria en una escuela rural que contaba con un solo  salón, con escasos y rústicos muebles, sin luz eléctrica ni calefacción, con pozos negros y un pozo para sacar agua; más a pesar  de éstas y otras deficiencias materiales recuerdo que los alumnos nos sentíamos felices. En esta escuela  eran  atendidos todos los alumnos de 1º a 6º primario (básica hoy día), por una única profesora que dictaba todas las disciplinas del plan de estudio como un conjunto interrelacionado y donde la formación de hábitos, de higiene y presentación personal, de  respeto por las personas y los emblemas nacionales, de colaboración, de honradez,  solidaridad y responsabilidad, incluso de escribir de manera legible, eran temas insoslayables para ser tratados y practicados como parte de la función educativa de aprender y enseñar, de comportarse como una persona realmente educada y no solo instruida (es posible que algunos estudiantes de hoy se pregunten ¿qué era eso de aprender  hábitos y actitudes?) y la profesora, cariñosa y comprensiva , pero muy consciente de su responsabilidad, era enérgica y justa para exigir que se cumplieran y, no menos importante, los padres confiaban en ella y la respaldaban. De ese respaldo de los padres, sin cuestionamientos ni reclamos, guardo un recuerdos que, a la distancia del tiempo, aún agradezco  la merecida sanción que recibiera. Hoy, me imagino que la menuda y nunca olvidada maestra no se atrevería ni siquiera a levantar la voz con la sana intención de corregir una falta de respeto o un desmán estudiantil. Padres y autoridades no solo la criticarían, la sancionarían.

Continúe  mi enseñanza primaria en una escuela del centro de la ciudad, más grande, mejor equipada, con mobiliario adecuado y más recursos pedagógicos; cada curso con su sala donde el profesor, atendiendo un solo nivel, podía cumplir mejor con el programa de estudio. La desigualdad con la escuela anterior era evidente. Hoy, la situación, un tanto más morigerada, continúa existiendo en las escuelas rurales y  las ubicadas en la periferia de la ciudad.

Resulta desigual, entre un establecimiento educacional y otro, el tiempo dedicado a la enseñanza. Factores como los paros estudiantiles, las movilizaciones docentes, aunque sean por razones justificadas, las licencias por enfermedad de los maestros con reemplazos que no se cubren; paralización de actividades escolares por mal tiempo y locales escolares estructuralmente deficientes, son entre otros factores -que luego veremos-para que no exista igualdad en la educación que se imparte y la que los alumnos reciben, lo que afecta negativamente en su futuro educacional y laboral. Corregir esa desigualdad es el desafío.


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