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Opinión

Violencia escolar, el peor de los mundos


 Por Manuel Dannemann Correa Secretario general de Asociación de Educadores de Chile

Manuel Dannemann

Si bien la presencialidad en las salas de clases es una buena noticia. Una medida que esperábamos y solicitábamos hace muchos meses atrás. La realidad es que el retorno ha estado marcado por una ola de violencia que no es reciente, sino que viene desarrollándose hace varios años ya. Vemos con dolor situaciones como los abusos entre estudiantes, la quema de buses en las protestas del INBA, tomas que terminan en destrucción de inmobiliario público y privado, golpizas y enfrentamientos con carabineros, entre muchas otras.
¿Qué está sucediendo? El largo confinamiento, la ausencia de presencialidad escolar, la alteración de los vínculos naturales, han exacerbado indudablemente los comportamientos disruptivos. Eso es una parte. La violencia viene desde hace rato y sus variables se extienden sobre aspectos más amplios y enrevesados. No está fácil trabajar en muchas escuelas. Profesores sobrepasados, sin el respaldo para la toma de decisiones. Directivos, que invierten tiempo en una ingente burocracia, a costa del abandono de las tareas de liderazgo, indispensables para la gestión. Padres que colaboran poco, desalineados. Abandono de reglas y traspaso del peso al colegio. Expectativa de que en la escuela se resolverán los asuntos por generación espontánea.
Se suma la falta de profesores, que proyecta un déficit preocupante para el 2025. La infraestructura, que en muchos establecimientos educacionales está al debe, sobre todo fuera de la capital. La alimentación resulta insuficiente. Sin embargo, a pesar de todo esto, hay que ser enfático en destacar que “la violencia no es el camino”.
El trabajo formativo se realiza en primer lugar desde exigencias y normas claras. Sanciones incluidas y proporcionadas a las acciones. Necesarias para la integridad y el bien de toda comunidad. En este sentido, cada uno de sus integrantes asume con responsabilidad ese compromiso de sobrevivencia básico, generando un ecosistema seguro. Y cada vez que, por alguna razón, esta condición se ve alterada, la misma comunidad aplica los procedimientos para restablecerla. Donde los padres o tutores tienen un rol central, aún con limitaciones culturales y de instrucción. Ellos, primeros educadores, no deben dejar en solitario a la escuela, que colabora en la formación de sus hijos. La autoridad, con las herramientas que le son propias, debe apoyar y secundar estas condiciones básicas, desde la normativa y las políticas.
La educación escolar no puede estar al vaivén de la delincuencia, la vorágine de fuerzas incontrolables, ser una guardería o un cuartel. La escuela se merece el mayor de los respaldos. Ahí se forja el futuro. Que necesita condiciones de respeto esenciales para hacerlo. No la dejemos a la deriva, porque su caída arrastraría finalmente a todos, la familia, la sociedad, la vida. El peor de los mundos.

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