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Opinión

Esas realidades que no quisiéramos


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel
Presidente de la AFDEM Los Ángeles

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“No existe una escuela democrática, antes es preciso inventarla”, fue lo que se dijo en una oportunidad – y no sin razón -, por parte de una académica chilena (miembro del PIIE: Programa Interdisciplinario de Investigación Educacional), atendida la forma en que se lleva a cabo la gestión directiva en los establecimientos educacionales (especialmente públicos) de nuestro país, no obstante las ideas de liderazgo pedagógico, integración horizontal, trabajo en equipo y colaborativo y participación que hoy se preconizan en el ámbito de la docencia (directiva, técnico pedagógica y áulica), como es de suyo conocido.
Y a pesar también de la instalación y funcionamiento de componentes estructurales complementarios (a lo mejor por simple moda, imitación, necesidad, estar acordes con los vientos que soplan y sólo eso; o como una salida per se del anacronismo existente, más que como un imperativo de modernización determinado por las circunstancias) a la orgánica propia y tradicional de los centros de enseñanza – mismos que, como es de entender, van más allá de las unidades de dirección, de inspectoría general y técnico pedagógica de todos conocidas; de los consejos de profesores (generales, administrativos, técnicos, de ciclo, por tipo de enseñanza como educación inicial o parvularia, educación básica, educación media y educación especial, según corresponda); de los grupos profesionales de trabajo, de departamentos y coordinaciones de distinto orden -, tal que son, en su caso, los consejos escolares, los equipos de gestión, los comités paritarios, los equipos psicosociales, los de convivencia escolar y laboral, todos los cuales, cumpliendo en la práctica, por sobre o por debajo de su deber ser – así que lo dice la evidencia empírica -, una función más bien decorativa que en los hechos se justifica (y sólo para efectos visuales) con su inclusión en los organigramas de funciones y de personas de los establecimientos educacionales (muy sui géneris algunos, por cierto, atendido el libre albedrío que expresan), en desmedro de sus objetivos específicos y del bien superior que se persigue con éstos, consistente en alcanzar la tenencia de una organización educacional democrática que impida pensar que no existe una escuela de su tipo, como se ha dicho en más de alguna oportunidad.
La situación de fondo estriba en que si lo aseverado en la referida oportunidad no hubiera sido así – lo de la inexistencia de una escuela democrática (del mismo modo que se manifiesta en la actualidad y, por lo tanto, en evidente contradicción con las miradas que hoy por hoy se tienen sobre el particular) -, ¿por qué otro académico contemporáneo, estudioso del tema, hubo de molestarse en sostener, y hasta con cierto sentido de urgencia, que “los directivos de los establecimientos de enseñanza deberían estar seriamente pensando en reemplazar sus estilos de liderazgo por versiones más modernas, habida consideración de que, por sus características, las formas de gestión directiva en uso sólo podrían ser aplicables en otros contextos, distintos de los propiamente educacionales”?
En este orden de cosas, si nos atenemos a la experiencia práctica, al día a día de los profesores en sus distintas realidades, la verdad asoma dura y opresiva, expresándose sin el menor pudor ante quienes por años han sufrido las consecuencias del autoritarismo directivo; no habiendo, al cabo, diferencia alguna, en pleno Siglo XXI, respecto de lo que fueron los estilos de liderazgo en los Siglos XIX y XX. Baste, en este plano, sólo revisar si se respetan o no sus derechos a: (1) participar con carácter consultivo en el diagnóstico, planeamiento, ejecución y evaluación las actividades de su colegio; (2) proponer políticas educacionales en los distintos niveles del sistema; (3) evaluar año tras año a los equipos directivos y técnicos de sus centros de enseñanza; (4) resolver y ser autoridad en materias técnico pedagógicas; (5) ejercer su plena autonomía profesional en los ámbitos que señala la ley; y (6) trabajar en un ambiente tolerante y de respeto mutuo; porque hasta dónde sabemos, poco o nada se cumple de ello, relegándose a éstos a meros docentes ejecutores.
Prof. Juan Manuel Bustamante Michel
Presidente de la AFDEM Los Ángeles

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