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Opinión

Volver a la escuela


 Por Alejandro Mege Valdebenito

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“Aquel que abre la puerta de una escuela, cierra una prisión”.
Víctor Hugo

El tema de abrir las escuelas, que el Covid 19 obligó a cerrar, para impartir educación de manera presencial o mantenerlas cerradas por la emergencia sanitaria, medida que se ha prolongado en el tiempo, impartiendo educación de manera remota, llevó a una discusión entre quienes insisten en mantenerlas cerradas mientras el peligro de contagio de la pandemia no fuera totalmente superado por lo que significaba para la salud de los escolares, posición sostenida por el Colegio de Profesores (a pesar que muchos profesores, sino todos, prefieren la educación presencial por haber experimentado las dificultades y deficiencias de la educación telemática) y algunos padres, por una parte y, por otra, la postura del Ministerio de Educación y agrupaciones de padres que piden que se abran las escuelas manteniendo las medidas sanitarias que fueran necesarias para asegurar la salud de los escolares. En este panorama de escuelas abiertas o cerradas, un estudio de julio del presente año demostró que el 89 % de colegios pagados, el 69 % de particulares subvencionados, el 76 % de los Servicios Locales de Educación Pública impartieron clases presenciales, siendo las escuelas y liceos de administración municipal los más reticentes a la educación presencial con solo un 23 % de escuelas y liceos abiertos (Sylvia Eyzaguirre, investigadora Centro de Estudios Públicos), hecho que afecta aún más a los alumnos que asisten a la alicaída educación municipalizada, única opción que tienen los estudiantes de los sectores más vulnerables de la población, los más carentes de alfabetización digital, profundizando la brecha educacional la que debería ser de la mayor preocupación y permanente atención de los actores del sistema público.
En el transcurso de la educación telemática, numerosos estudios y experiencias permitieron constatar que este tipo de educación tiene muchas más desventajas que ventajas, reconociéndose, tanto por parte de expertos, como profanos en la materia, que la educación presencial es irremplazable, especialmente en los alumnos de los primeros ciclos educativos. “La educación presencial, afirmó la directora del Instituto Gandhi, no tiene sustitutos, ni video llamadas, grupos de whatsapp, ni ejemplares o cuadernillos de trabajo. No hay nada mejor que vernos y trabajar en equipo, eso no se compara con nada” y sigue: “Una de las actividades más satisfactorias de un maestro es el interactuar con sus alumnos e inspirar a seres humanos a ser agentes de cambio”. A su vez el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) afirma que, “El costo de mantener las escuelas cerradas ha sido muy alto para el aprendizaje, la salud y el bienestar tanto de los menores de edad como de las familias.”
Frente al estado de la pandemia, los avances en el control de la misma, la opinión de los expertos y la importancia de la educación presencial, así como las dificultades y efectos negativos de la educación a distancia, el Ministerio de Educación decidió poner término a la educación telemática disponiendo a partir de marzo de 2022 la vuelta a clases presenciales de todo el sistema educacional chileno con la tarea de que escuelas, colegios y liceos elaboren planes de evaluación y nivelación de los alumnos para superar los efectos deficitarios productos de la educación telemática. Si bien esta decisión no ha gustado a todos constituye un importante desafío para la comunidad escolar para retomar la responsabilidad de una educación integral de manera presencial que permita a la población estudiantil cumplir con sus proyectos de vida puesto que las clases presenciales son relevantes en la formación de habilidades cognitivas, físicas y sociales de los niños; crea oportunidades y equilibra las desigualdades sociales y en esta tarea deben participar sin que primen intereses personales ni cálculos ideológicos o políticos alguno toda la comunidad ya que el éxito del estudiantes es el éxito de la familia, del desempeño docente, de las autoridades y, en definitiva de una sociedad educadora. Cuando la familia, los docentes y la sociedad evalúan la calidad de la educación que tenemos, la verdad, aunque incomode, es que nos estamos evaluando a nosotros mismos por permanecer indiferentes ante la realidad educativa y haber dejado de hacer para los estudiantes, víctimas del sistema, la mejor educación que ellos necesitan y se merecen, y que el país requiere.

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