lee nuestra edición impresa

Opinión

El desafío de la educación


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

ALEJANDRO-MEGE-2

“Antes de sanar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar aquello que lo enferma”.
Hipócrates

Si bien existe una aceptación casi unánime sobre la importancia del rol que cumple la educación en toda sociedad, razón por la cual se la considera un derecho humano fundamental para todos, sin discriminación alguna por cuanto, junto con proveer de conocimientos, enriquece la cultura, socializa los hábitos y fortalece los valores y todo aquello que dota al ser humano de las características que lo definen y lo capacitan para una vida constructiva y productiva en la sociedad en que desarrolla su vida comunitaria, dicho fenómeno socioeducativo está lejos de ser equitativo y justo para toda la población estudiantil, aunque se reconozca a la educación como el mejor recurso para alcanzar mayores grados de bienestar; nivelar las desigualdades económicas y sociales, propiciar la movilidad social y capacitar para una vida libre y responsable en igualdad de condiciones; sin embargo, a pesar de todas las características que le adornan y que se espera con justicia sea posible alcanzar, dicha influencia formadora no llega a todos ni lo hace de igual manera. Muchos son los factores que gravitan para que la educación que corresponde a la familia y a la sociedad, ésta a través de las instituciones establecidas para hacerlo, que no permiten que la educación sea impartida a todos con la misma atención y calidad. Existe una falencia importante en la responsabilidad que cabe a la familia en aspectos que son básicos en la formación humana como lo es la adquisición de hábitos del buen vivir, el cumplimiento de deberes, el respeto, la honestidad, el adecuado uso del lenguaje para no herir a nadie, la aceptación de la diversidad, la convivencia civilizada, el esfuerzo personal, el reconocimiento del otro, solo por ser un legítimo otro, entre varios más. La relajación de las normas o la carencia de una educación familiar formativo valórica, por las razones que sean, incide en la obtención de mejores resultados en el aprendizaje durante el proceso escolar formal. Por otra parte, la estructura administrativo burocrática del sistema educacional que, más que facilitar el proceso enseñanza-aprendizaje, lo tensiona y le hace perder fuerza; un currículo escolar frondoso imposible de ser tratado en un año lectivo, aún en un año normal, período de tiempo que casi nunca resulta como se planifica; los niveles de inasistencia de los alumnos –también de los profesores- las diferentes actividades ajenas al programa escolar que le restan tiempo (sin considerar los efectos de la pandemia sanitaria que ha sido desastrosos en todo sentido), súmese la situación socioeconómica de muchas familias que hacen de la educación de muchos un panorama desolador.
Los efectos negativos de una educación que no sea integral, de calidad y formativa en todas las dimensiones del ser humano que le permitan vivir en sociedad de manera respetuosa, sin descalificaciones, propositiva, constructiva y en paz, es posible apreciarlos a diario en las actuaciones que se dan en todos los niveles y funciones públicas y privadas, incluso entre quienes legislan o desempeñan las más altas responsabilidades en la vida pública, de las que se espera que sean un modelo de valores dignos de imitar por las nuevas generaciones y cuyas actuaciones transitan en el sentido contrario a lo que la educación se esfuerza en alcanzar.
Así, la cultura del entorno, familiar, político y social, constituyen factores fundamentales en la educación que el sistema educativo ofrece, de ahí que se afirme que la educación que tiene un país es la educación que la sociedad de ese país ha sido capaz de darse.
Para comenzar a mejorar este estado de cosas hay que fortalecer y preparar a la familia para que cumpla de mejor manera su rol esencial; al sistema escolar, mejorar y reorientar su función y al profesor y profesora, a quien el médico español Francisco Mora Teruel, doctor en neurociencia, estima que debe ser en el proceso educativo “la joya de la corona”, para lo cual requiere tener la iniciativa, la responsabilidad y el valor para hacer los cambios, superando su personal incertidumbre y a pesar de las dificultades que el propio sistema le coloca, gestionar y conducir los cambios que la educación necesita y requiere en beneficio de los estudiantes y de la sociedad. El saber cómo se enseña y cómo se aprende, la neuroeducación es hoy el camino.

lee nuestra edición impresa

  • Compartir:

opinión

lo más leído

logo-ediciones-anterioes