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Opinión

El mundo del niño


 Por Luis Rozas Mardones, psicólogo

Luis Rozas Mardones

Cuando somos padres, llegamos a esa linda etapa en donde damos vida y somos capaces de transmitir lo mejor de nosotros a esas personitas pequeñas que dan cada latido de su corazoncito por sus progenitores, por quienes son y serán su todo de ahí en adelante.

La crianza con amor, comienza con el primer latido en el vientre materno y en una visión integradora, ya con nosotros, es fundamental para el adecuado desarrollo emocional del niño, la palabra amable, la orientación oportuna, el encontrar en sus padres a un ser inmenso, capaz de solucionar todos sus problemas; ese que con su sola presencia transmite un mensaje, que entre líneas dice “tranquilo (a), yo estoy contigo, todo estará bien”, por eso nunca los (as) privemos de ese privilegio.

Un buen padre o madre, no es aquel que llena al niño de cosas materiales, golosinas y pantallas, menos ese que le da en el gusto en todo. Lo que realmente vale para el niño, es el acompañamiento de sus progenitores, en presencia y ausencia, en relaciones firmes o rotas, eso le dará la seguridad para buscar su propio camino.

Que maravilloso y mágico ser niño (a), me pasa que mientras escribo esta prosa, no puedo dejar de evocar mi propia historia y posiblemente la suya, donde veo como he tratado de dar a mis hijas lo mejor de mí, para construir su mundo, donde aparecen esos dulces recuerdos de infancia, las veladas simples pero bellas, las jugarretas o travesuras, las experiencias y principalmente la figura de esa persona chiquitita, que desde que llegó, congeló el tiempo, haciendo que uno deje de vivir para sí mismo y comience a compartir su mundo, donde el amor verdadero, ese que se ve en la mirada de esperanza, se ubica en el centro de ese nuevo universo.

Creo firmemente que para el niño, los padres lo son todo, el aire, el agua, la tierra, el sol, la luna, simplemente todo, es ahí entonces donde es tan importante, que en ese camino largo de la vida, tenga lo mejor, que no necesariamente es lo perfecto, simplemente lo mejor que le podamos entregar, para que él en su adultez, pueda replicar todo lo bello y bueno que como padres le entregamos, pero esta vez, en su propia familia.

Al vernos al espejo, podremos darnos cuenta, que no hemos dejado de ser niños y seguramente somos precisamente niños, vistiendo armaduras de adulto, donde en lo más profundo de nuestro ser, nos imaginamos nuestro mundo diferente e ideal. Luchemos porque no sea un sueño tortuoso, sino que sea un sueño que den ganas de soñarlo siempre.

La sonrisa y felicidad de un (a) niño (a), es el sueldo y alimento de los padres. Los niños plenos, vienen a ser gigantes pequeños, en un mundo inmenso, donde los adultos creamos un mundo al que los trajimos y debemos sentirnos obligados a ser los mejores padres, para los padres del futuro. En contraparte la tristeza o las lágrimas en sus ojos, es el puñal más grande y terrible, que puede generar en todos, heridas que nunca cierran.

Finalmente, les propongo una reflexión es ahora cuando, esforcémonos por ser los mejores padres, estando en familia o no. Sinceramente creo que si los adultos tenemos una misión o un legado que dejar en este mundo, es el ser los mejores padres que podamos. Por eso amen a sus hijos (as), sean responsables, edúquelos en las buenas enseñanzas, para que así, cuando hayan partido y desde el firmamento vean este mundo desde el cielo, puedan ver con paz o regocijo, que su mejor obra en vida, son sus hijos, que los recuerdan con nostalgia, admiración y amor verdadero, con la esperanza diaria que con canto de ángeles, le dicen “tranquilo (a), yo estoy contigo, todo estará bien”. ¡Que tengan un día maravilloso!, pero esta vez, junto a sus hijos (as).

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