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Opinión

La sequía en Chile ¿llegó para quedarse?


 Por Juan Pablo Negroni
Country manager para Chile de IDE Water Technologies

Juan Pablo Negroni

Frente a la actual escasez de lluvias que vivimos- situación que ha llevado al Gobierno a decretar Emergencia Agrícola en algunas regiones del país, por un lado, y, por otro, a declarar como Zonas de Escasez Hídrica a numerosas comunas, provincias y regiones- uno de los principales desafíos que tenemos como sociedad es actuar con urgencia y rapidez para enfrentar la disminución evidente de las precipitaciones, producto del avance del cambio climático y el calentamiento global. De hecho, un reciente informe de la ONU afirma que para el año 2030 la temperatura en el planeta aumentaría 1,5 °C, con los consiguientes riesgos de catástrofes naturales sin precedentes.

Dada esta dura realidad que vive Chile, considerada por muchos como la peor sequía en décadas, diversas son las voces que se han escuchado hasta el momento en torno a buscar soluciones que aminoren o ayuden a palear el déficit de agua que está afectando a la población, sectores productivos y la biodiversidad.   

Algunos sostienen que hay que sensibilizar a la población sobre la importancia del cuidado del agua y su uso racional; otros, promueven la construcción de carreteras hídricas que permitan llevar el vital elemento a zonas donde haya escasez; también están los partidarios de levantar nuevas represas que permitan almacenar grandes volúmenes de ese recurso; y, por último, quienes vemos en la tecnología de desalinización una alternativa limpia, amigable con el medio ambiente y cada vez más accesible en términos económicos.

Esta última opción no es nueva, pues en el mundo hay más de 20 mil plantas desaladoras operativas que transforman el agua de mar o salobre en agua para el consumo y otras actividades económicas, como la agricultura, por ejemplo.

En Chile, en tanto, hay casi 30 desaladoras que funcionan desde los años 90, principalmente gracias a inversiones realizadas en los sectores de la minería y sanitarias. De hecho, hoy la ciudad de Antofagasta se autoabastece de agua desalada. Lo mismo sucede con Mejillones, Taltal y Tocopilla.

Si el cambio climático hace que el déficit de lluvias que llevamos los últimos doce años se mantenga, o peor aún, aumente, está claro que faltará agua fresca de las fuentes tradicionales que hemos utilizado hasta ahora.

Frente a ello este tipo de tecnología emerge como un camino seguro para acceder al recurso hídrico, pero para lo anterior es fundamental acelerar las decisiones sobre la materia. Construir una planta desaladora toma tiempo y ya estamos muy atrasados.

Asimismo, es fundamental que como nación adoptemos un enfoque integral para enfrentar el problema de la sequía y que exista un marco regulatorio adecuado para fomentar las inversiones de este tipo, junto con otras, que contribuyan a disponer de agua independiente de las lluvias que tengamos cada año.

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