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Opinión

Aquel 25 de noviembre


 Por Mario Ríos Santander

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Días antes, el Presidente Piñera era un zombi. En su rostro, una mezcla de no saber qué hacer con temor. Suma de amarguras y desilusión. Se le había venido todo al suelo. Sus asesores, bastante “desenchufados”, expresaban en el silencio del diálogo sin palabras, una suma de inquietudes que por ser tantas, no se entendió ninguna. De pronto, después de un discurso que prometía esperanzador, la noche que le siguió fue francamente aterradora. Los incendios se acercaban peligrosamente a La Moneda y los carabineros, únicos “combatientes” de todos los días, agotados, quemados, insultados, mostraban signos de agotamiento que, en vista de lo cual, la población asustada, comenzaba a organizar su partida a cualquier lugar.

Piñera en la más inmensa soledad. Incluso desapareció su mujer.

Sin embargo, el día siguiente reúne a los dirigentes políticos anunciando un Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución. ¿Nueva Constitución? ¿Quemar a Baquedano daba motivo para ello? Ahí estaban todos, hoy casi todos candidatos a algo. Proclamaban un nuevo camino, una nueva Constitución. Pasado los días, la Paz Social no se consiguió, pero la pandemia puso orden y detuvo el incendio diario a Baquedano. Lo que si continuó, fue la nueva Constitución. Y en vista que, “había algo”, terminamos todos en el absurdo de hacer un plebiscito preguntando si querían o no una nueva Carta Fundamental, plebiscito este que no tenía razón alguna de hacerse porque era sabido que la proporción de apruebos, iba a ser arrolladora. 

Y llegamos a la Convención Constitucional.

Todo el mundo político se impresiona de los resultados. Nadie imaginó resultados tan inesperados. Pero como somos democráticos por esencia natural, se respetó, repletando la convención con personas, muy definidas por cierto, pero claramente vehementes, convencidas de que Chile comenzaba su vida institucional en el mismo momento que se instalaba dicha Convención.

Y comienza lo que seguramente es uno de los capítulos más extrovertidos de la historia de Chile.

Primero, en su instalación, gritos y consignas porque se cantaba el himno nacional. Luego la declaración de que Jesús era un colonialista, más adelante que la República había que hacerla desaparecer para siempre, para finalizar, con un señor, Rojas Vade, fotografiado en Plaza Baquedano con catéteres sanitarios a la altura de su cuello, de torso desnudo, letreros pidiendo plata para las “quimios”, elegido vicepresidente de la Convención Constituyente después de llegar a ella con la respetable votación de 19.000 electores que vieron en él, la imagen moderna del líder-Dios, surgido de las profundidades sociales.

El martes pasado, mujeres constituyente, frente a una determinación de la mesa, se ubican cerca de la testera y le anuncian a la Sra. Loncon, presidenta de dicha Convención que, “va a quedar la cagada” y peor aún, nos van a c… a todos”. Dicho esto, la Sra. Loncon, levantó la sesión para ir a almorzar.

Las encuestas, anunciaban que “la confianza de los chilenos por la Convención, ascendía a algo así como un 40%”. El encuentro partidario de noviembre, se perdía en la nebulosa de la incredulidad. Y un candidato a la presidencia, seguía ascendiendo.

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