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Opinión

Necesitamos avanzar, no retroceder


 Por Miguel Pezoa Reyes. Presidente de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Los Ángeles A.G.

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El comercio es una actividad que se adapta. También abre rutas y caminos. Desde sus albores, en nuestro país ha modelado las ciudades o las zonas geográficas donde se presenta. Al alero del comercio surgen las principales calles, estableciendo de algún modo la dinámica de la sociedad en la que está presente. Por el tamaño de su centro, la presencia o no de grandes tiendas y así otra serie de variables, cualquier novato puede darse cuenta del tamaño de la ciudad y, rápidamente, hacerse un panorama económico de ella.

En tiempos coloniales, el comercio se ejercía en las plazas donde se expendía cuanto hay, pescado y carne incluidos, lo que entenderán ustedes, producía todo un problema de salubridad. Pero eran las condiciones que había en la época y, fruto de esas experiencias y de la necesidad de seguir abasteciendo de esos productos a la población, el mercado se fue perfeccionando.

Luego de salir de los dominios españoles, Chile se abrió a nuevos países, junto con un crecimiento interno que permitió, o más bien justificó, la presencia de otros bienes y productos, con su consiguiente comercialización. Nuestro país fue avanzando en los caminos de la modernidad, lo que implicó establecer horarios de atención, tener locales con ciertas condiciones físicas, regulaciones en torno al empleo y una serie de complejidades que subyacen a la actividad tal cual la vemos hoy.

Si nos atenemos tan solo al horario de atención a público, por años –y antes de la llegada de las grandes tiendas– los locales comerciales funcionaban hasta las 19 horas, en su gran mayoría. Incluso una hora que, durante el invierno, es plena noche, si se quiere. A esa hora en el sur del país, hablamos de los años 80 o anteriores, incluso entrada la década del 90, ya no había un alma en la calle.

Pero los tiempos cambiaron y el mercado también lo hizo. La llegada masiva de las tarjetas de crédito condicionó el impulso de compra y tuvimos de pronto acceso a bienes con los cuales ni siquiera soñábamos. Hubo una mayor presencia femenina en el ámbito laboral y, con un mejor pasar económico en los hogares, también creció en nuestra ciudad la población de jóvenes que podía acceder a estudios superiores. Cambió así la cara de nuestras calles y, con el mayor dinamismo de ellas, aumentaron restaurantes y otros servicios que hoy están disponibles hasta pasadas las 21 horas e, incluso, más tarde.

Todo este preámbulo sirva como argumento para indicar que no se entiende cómo pueden existir autoridades que se ocupen en pensar en retroceder en el tiempo, en vez de avanzar en regulaciones que reactiven el empleo, la economía y protejan las libertades individuales a la hora de emprender y ejercer la actividad económica, sin descuidar aquellas necesarias para proteger el medio ambiente, entre otras. Me refiero, en específico, a la tentativa de establecer por ley un horario de cierre del comercio, aduciendo (por mencionar algunos) problemas de seguridad para los trabajadores que salen tarde de su jornada, así como falta de tiempo para la vida familiar. Aun considerando válidas ambas situaciones, se hace evidente que se trata de una intrusión desmedida y desconsiderada; incluso, una iniciativa de tipo centralista y dictatorial, dotada del más alto grado de desconexión con la naturaleza de nuestro territorio, o ¿no saben los promotores de esta idea que en el norte del país, por ejemplo, muchos comercios no atienden en horario continuado, sino que abren después de las 5 de la tarde y hasta altas horas de la madrugada porque esas son las horas en que salen los turistas y las familias producto del calor?

Pretender que el comercio cierre a las 19 horas, insisto, es de una exagerada desconexión, además, con las pymes y los consumidores, a pesar de que se quiera empatizar con los trabajadores de las grandes tiendas o comercios. Es decirle a la gente que sale a las 19 horas de su trabajo que no tendrá un lugar donde pasar a comprar. Es decirles a muchas personas que cubren los turnos de la tarde que ya no tendrán empleo. Es decirles a muchos taxistas y conductores de locomoción pública que no tendrán pasajeros. Es decirles a muchos jóvenes que trabajan en turnos vespertinos para pagar sus estudios que ya no tendrán una fuente laboral. Es decirle a todo un país que tendrá que cambiar sus hábitos de compra. En fin, no parece lógico.

Por lo mismo, nuestra invitación es considerar la verdadera dimensión de esta problemática y avanzar en un diálogo constructivo con los colaboradores de la empresa. Apelamos a la flexibilidad y a avanzar en la línea correcta, pues para adecuar turnos de trabajo, o dar más facilidades en torno a una jornada laboral, no necesitamos de una ley, sino de conversación y, si lo que las personas realmente quieren es trabajar menos, derechamente podríamos avanzar a dinámicas de países desarrollados, donde parece que las cosas se dan en el plano de la justicia para ambas partes. En Estados Unidos, por ejemplo, se paga por hora de trabajo, de esa manera cada uno recibe lo justo, sin limitar las libertades del resto. Una forma de pago así no nos obligaría a cerrar las puertas de nuestros negocios. Al contrario, se daría trabajo a quien necesite y desee tomarlo. Juzgue usted. Soluciones hay muchas.

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