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Opinión

Cartas para el futuro V: delincuencia y politiquería


 Por Bryan Smith Director de Estrategia y Desarrollo Observa Biobío

Bryan Smith (20)

El infalible discurso de la mano “dura con los delincuentes”, no es más que el reflejo de una mente política limitada que, por tal, no es capaz de entender la delincuencia en sus múltiples dimensiones. Justamente por esa razón es que después de años de “mano dura” la delincuencia sigue ahí, profesionalizándose.
Cuando un político llega con el discurso de la mano dura, le está hablando a la gallada con el ánimo de presentarse como “la gran solución”. Ante lo cual no se dejen engañar, pues este personaje no es la solución. Precisamente este discurso es el primer indicio de que la encarnada candidatura que tiene frente a sus ojos, es pura charlatanería o un Dunning – Kruger (sesgo cognitivo que implica que personas con bajas competencias se crean más competentes de lo que son).
La delincuencia es mucho más que sujetos vulnerando y perturbando a la sociedad. Esta tiene orígenes y alcances que son necesarios comprender antes de formular cualquier camino para abordarla.
Primero debemos aceptar que por más que nos esforcemos y la reduzcamos, no desaparecerá. Tan solo es posible mantenerla a raya – al menos hasta donde han llegado los países con menores tazas de delitos – pues no es posible predecir el futuro ni las circunstancias.
En segundo lugar, debemos comprender que, si bien la delincuencia trasciende a las clases socio económicas, existe una inclinación hacia las menos privilegiadas, clase en la cual el círculo de la delincuencia está asociado a otros círculos viciosos como la violencia (de todo tipo), las adicciones, la arquitectura del barrio, el acceso a la educación, etcétera. Lo cual nos dice derechamente que la delincuencia en gran medida está asociada a la falta de oportunidades, poniendo en cuestión a la sociedad desigual de base. Para confirmar esto, hay una perturbadora cifra que indica que cerca de 8 de cada 10 presidiarios y presidiarias en Chile, son hijos o hijas de personas que pasaron también por la cárcel o por centros del maldito Sename. A lo cual cabe una profunda autocrítica social sobre el cuidado de la infancia en cuanto a oportunidades y protección de sus derechos fundamentales, pues los “hijos e hijas de nadie” – sí, de esos que nadie se preocupa – son, en realidad, hijos e hijas de todos nosotros como sociedad y dejarlos “a la buena de Dios” no solo rebota en nosotros a nivel delictual, sino en el alma de las naciones que habitan este territorio y de la supra nación que debemos construir.
También las clases altas comenten delitos, pero estos, al parecer, tienen otra justicia, ya que pagan con clases de ética y eso es inaceptable. Un líder político o un empresario que roba o defrauda la fe pública debe pagar, por lo menos lo mismo que un delincuente común que roba o estafa e incluso más, pues cuando se vulnera a una persona, el delito es uno a uno, pero cuando se delinque contra el Estado, el delito es uno contra todo el país, por lo que debiese pagar con mayor severidad.
Por último – aunque tiene muchas más dimensiones que no es posible abordar en una simple columna de opinión – tenemos un sistema penitenciario que no tiene un enfoque ni una estrategia reformatoria del delincuente, sino una mera visión de reclusorio para “alejar” de la sociedad a aquellos perturbadores indeseables. Ante esto, necesitamos cárceles que tengan inteligencia aplicada desde cuando el confinado pone un pie dentro de la institución, hasta que “egresa” y es “reintegrado” a la sociedad.
Para concluir, cuando escuche a un candidato hablar sobre delincuencia o seguridad pública, no le crea eso de que “la mano dura” es todo, porque no es así y nunca ha sido así. En cuanto a delincuencia no hay absolutos, y lo que más se necesita es conciencia e inteligencia aplicada, de otro modo, vamos remando al pasado.

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