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Opinión

A cada uno lo suyo y nada más


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel Presidente de la AFDEM Los Ángeles

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El corazón del quehacer docente en un establecimiento de enseñanza radica en la Unidad Técnico Pedagógica, un cuerpo intermedio de este que opera entre el nivel de dirección (que incluye a los directores e inspectores generales) y el nivel docente áulico propiamente tal (que corresponde al conjunto de profesionales de la educación que trabajan directamente con la población de aprendientes por medio de la puesta en acción del denominado acto educativo); cuerpo intermedio que, según lo define la Ley 19.070, además del jefe técnico, debería estar integrado, entre otros, por especialistas en diseño y elaboración del microcurrículo, metodología de la enseñanza, evaluación de los aprendizajes, investigación educativa y orientación educacional; todos a tiempo completo, atendida la necesidad de una gestión educativa de calidad.

Y esto es muy simple de entender, toda vez que las funciones de estos docentes altamente calificados –que no existen como cuerpos colegiados en los establecimientos educacionales, ni en los DAEM de comuna alguna, habida consideración del sui géneris fenómeno de la alcaldización de la educación que ha imperado desde los inicios de la municipalización– son de apoyo y complemento a la docencia y solo eso, que ya es bastante, dada su naturaleza intrínseca.

La Unidad Técnico Pedagógica –conformada hoy por hoy por un solo profesional de la educación que por decreto alcaldicio oficia de jefe técnico del centro educativo– es el espacio académico por excelencia en el que los docentes de aula, desde el conocimiento que tienen de los educandos que les han sido asignados (enseñanza antepreáulica) y sobre la base de una diversidad de referentes (filosóficos, políticos, científicos, tecnológicos y de creatividad personal), vierten su acervo, experiencia y sapiencia profesional con el objeto de proceder al diseño y elaboración del microcurrículo (enseñanza preáulica) que en su momento pondrán en acción en el espacio pedagógico (enseñanza áulica) y el cual, luego de ejecutado integralmente, pensando en el cumplimiento de sus expectativas sobre los educandos, en el comportamiento de la unidad pedagógica y en su propia gestión áulica (enseñanza posactiva), cuestionarán con el fin de asegurar el continuum que suponen, sí o sí, los procesos de enseñanza y educación.

Se trata, en consecuencia, de un espacio profesional de encuentro –y ojalá todo lo productivo que pueda ser para beneficio de oferentes y demandantes de educación– entre quien debe por ley desarrollar acciones de apoyo y complemento a la docencia (el jefe técnico) y quienes han de llevar adelante el acto educativo con todas sus dimensiones específicas (los docentes de aula), de modo que el sentido, propósito y quehacer de un colegio, considerando la población escolar que precisa atender, se cumpla según lo esperado.

Pero lo que en modo alguno puede ocurrir desde la Unidad Técnico Pedagógica es que los jefes técnicos se conviertan de la noche a la mañana –y esto, al margen de todo fundamento jurídico– en “fiscalizadores de sus pares” y, por lo tanto, en fuentes de agobio y estrés laboral para cada uno de estos últimos, y menos todavía si tal comportamiento es una clara consecuencia tanto del fuerte verticalismo ejercido por algunos directores en los centros de enseñanza, como de la fragilidad laboral de los primeros, quienes, al ser personas de exclusiva confianza de los mismos, corren el riesgo de perder su fuente de trabajo antes del término del periodo directivo en el evento de que se produjese una discrepancia irreversible entre el director y su subalterno inmediato y, por lo tanto, el término de la referida confianza en que se sustenta la función. Al respecto, obsérvese que para asumir el cargo de jefe técnico o de inspector general en una unidad educativa de acuerdo con las condiciones actuales, el docente de que se trate debe renunciar previamente a su titularidad.

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