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Opinión

El desafío de la docencia


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

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“Si creamos un espacio que acoge, que escucha, en el cual decimos la verdad y contestamos las preguntas y nos damos tiempo para estar allí con el niño o niña, ese niño se transformará en una persona reflexiva, seria, responsable que va escoger desde si”.  Humberto Maturana.

Si bien se reconoce hoy a la docencia como  la actividad de enseñar por quienes poseen un título profesional para hacerlo y el docente es “el que forma apropiadamente a alguien”, en sentido general el concepto se puede aplicar a cualquier persona que pueda enseñar no solo conocimientos sino que, también, formación en principios y valores, como lo hacía Sócrates  en la antigua Grecia que se dedicaba a enseñar en plazas y lugares públicos de modo gratuito Esta distinción, en los tiempos que vivimos es de fundamental relevancia. Si se reconoce la amplitud, el alcance y el compromiso que implica el ejercer docencia no solo de manera formal  como una tarea y responsabilidad de la institución escolar y de quien ejerce la docencia, el profesor, sino como la  docencia que de manera informal constituye una tarea básica de la familia, las distintas instituciones así como los miembros de  la comunidad en su conjunto, lo que constituye la sociedad docente.

Frente a los grandes desafíos que de manera frecuente  enfrentan las sociedades humanas como producto del odio y la violencia, las crisis sanitarias, económicas, políticas, religiosas, ideológicas, territoriales, bélicas, terroristas, raciales, de tráfico de drogas, incluso culturales, que tensionan la vida social y debilitan y erosionan gravemente las relaciones entre los individuos, como entre los pueblos  y las naciones las que, con distintas expresiones,  intensidades y consecuencias, que incluyen el dolor y el sacrificio de vidas humanas, enfrentan a unos contra otros, donde el concepto de humanidad capaz de poner sensatez, racionalidad, tolerancia, fraternidad y un mínimo de piedad a las acciones humanas, donde valores universales que dan al ser  humano su dignidad y su grandeza se encuentran ausentes porque no rentan, no dan utilidades que satisfagan las ansias de tener aun cuando para obtenerlas haya que sacrificar los aspectos más preciados del ser persona. En este escenario, para comenzar a morigerar los problemas que vive la sociedad, se requiere mucho más que la sola docencia  aislada e insuficiente que ejercen en los recintos escolares profesores y maestros, ante la indiferencia y sin el respaldo y compromiso de una sociedad que “aplaude los logros individuales, el egoísmo y la competencia descarnada. La falta de compromiso, la desconfianza, la mutación de valores es lo cotidiano para los jóvenes, no solo en la educación, sino en su vida personal.”(M.G. Aispuru). Cualquier persona, todo ciudadano, no importando su estatus social, económico, profesional, político o función de cualquier tipo que desempeñe, desde la más modesta a la más importante, cumple una función docente  con sus palabras, actitudes y ejemplos aunque no se tenga real conciencia  del mensaje que emite o del efecto que produce. Así, ninguna persona podría aducir no “ser nadie” para decir a otros como comportarse y respetarse de acuerdo a las normas, escritas o no, de sana convivencia. Si denunciar las injusticias con respeto, sin recurrir a la descalificación y a la violencia y contribuir aunque sea en una mínima medida a la paz social, implica correr riesgos, bien vale la pena hacerlo. Todos cumplimos una función docente, aún sin ser profesor, desde el presidente de la República hasta el más modesto funcionario del Estado; los medios de comunicación que tienen, junto a la libertad de información, la responsabilidad de formación y orientación constructiva de la vida social de la que dan cuenta la que deben comunicar y analizar con objetividad y mesura. Cumplen funciones docentes las autoridades locales, el comerciante grande o pequeño en su relación con el usuario y éste con aquellos; tanto el conductor del medio de movilización como el pasajero; quien vende sus productos en la calle, como el que los compra, el automovilista como el peatón, el médico como el paciente. En fin.

Más de alguien podrá decir que esta sociedad no existe en ninguna parte  porque nunca nos pondremos de acuerdo, por los intereses, legítimos o no, y visiones ideológicas excluyentes que dividen a las personas, sobre el tipo de sociedad que queremos tener y cómo construirla. Tal vez sea cierto, hasta el momento en que nos propongamos construirla.

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