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Opinión

Las lecciones de la calle


 Por Miguel Pezoa Reyes Presidente Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Los Ángeles A.G.

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El Estallido Social de octubre del 2019 tiene muchas lecturas que se pueden apreciar desde las más diversas veredas, a través de pensamientos y sentimientos muy distintos. ¿Por qué no? Los seres humanos somos multidimensionales y, frente a una misma situación, dibujaremos y pintaremos un cuadro diferente, con diferentes matices, colores y foco. Nadie hará un cuadro igual a otro.

Lo que no es subjetivo es que el Estallido Social ocurrió y que, gústele a quien le guste, será un tema en nuestra historia país que marcará una huella profunda, dejando lecciones sobre asuntos que parecían escondidos a la vista humana tanto como la lava de un volcán que corre con inusitada fuerza en lo profundo, imperceptible para todos quienes hacen su vida con total normalidad, ignorantes del minuto de su implacable furia.

Muy ensimismados en esa normalidad, había hasta entonces instituciones, autoridades y personas que no pudieron o no quisieron ver –siempre es bueno incluirse y no mirar la paja en el ojo ajeno– esa realidad que sobrellevan muchos de nuestros compatriotas, quienes con un sueldo mínimo hacen del vivir un verdadero milagro.

Parece entonces contradictorio que en una columna anterior haya hablado con resquemor del aumento de dicho ingreso. Esa no era, en efecto, una declaración de principios. No es que los gremios nos opongamos a que los sueldos suban, porque entendemos que todos deben tener una justa retribución por su esfuerzo y, en esa misma línea, entendemos que el costo de la vida ha aumentado considerablemente. Lo complicado es el momento, porque hoy todos estamos mal, pequeños empleadores y trabajadores incluidos.

Tan mal estamos que me atrevo a poner en duda que hayamos siquiera superado el Estallido Social. Hoy, que tenemos más distancia y perspectiva de lo que fueron aquellos días de catarsis, creo ver que gran parte de los elementos que subyacen a esa “erupción” están en cultivo a punto de desbordarse en cualquier momento, solo que ahora tenemos un nuevo elemento agregado a la receta de la tormenta perfecta: la pandemia.

Hoy estamos todos, a todo nivel, muy cansados. La cuarentena ya no es la panacea y las vacunas, que dibujaban un panorama más halagüeño, nos han hecho darnos cuenta de lo vulnerable que es nuestra existencia. Como el virus igual puede afectarnos, no nos queda más que pensar en volver a retomar nuestra vida, sobre todo en el plano laboral, y no morir en el intento.

Por eso, la reciente protesta de los peluqueros, en nuestra ciudad y en Mulchén, nos hace un tremendo sentido. Es un sector golpeado absolutamente, con ingresos reducidos a cero como ha ocurrido a tantas otras actividades económicas que vieron una abrupta caída en sus entradas de dinero. Son, a nuestro juicio, un servicio esencial que, llevado con todos los protocolos, no debiera representar ningún riesgo.

Seguramente, la decisión de lanzarse a la calle a marchar no fue fácil, pero es una representación clara del cansancio que tienen y que es extrapolable a otras ramas de la economía que están mascullando el descontento por estrategias sanitarias poco aterrizadas a los territorios, con un marcado foco centralista, y que han logrado incrementar –aunque no fuera su propósito– el cansancio del que hablo, con claras opciones de provocar nuevos polos de estallido.

Hoy la pyme está muy afectada. Esta semana escuché el relato de un próspero pequeño empresario que una noche no durmió casi nada. Despertó a las 3 de la madrugada y se desveló completamente. Su otrora margen de ganancia, en un rubro de mucha facturación, se está reduciendo dramáticamente. Debe ya sacrificar su margen de utilidad en forma peligrosa, sin saber hasta cuándo los precios irán subiendo y por cuánto tiempo más evitará traspasarlo a sus clientes. Sobre su cuello, en tanto, pende una guillotina de obligaciones laborales, tributarias y previsionales sin ningún asomo de indulgencia. La verdad, temo por el hecho de no saber cuánto más podamos aguantar.

Es necesario hoy pintar un cuadro diferente, que nuestras autoridades se den a la tarea –papel y lápiz en mano, con mangas arremangadas– de dibujar una nueva estratificación de las empresas que otorgue algo de clemencia a los miles de pequeños empresarios que, pese a su gran carga, siguen sosteniendo al país. Faltan políticas de Estado que vean a la pyme en su verdadera dimensión, con una “mirada de calle” y no de escritorio. De lo contrario, a la marcha de peluqueros se irán uniendo muchos, pero muchos más.

Especial Coronavirus

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