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Opinión

¡Cáspita! ¡resulta que Moyita era docente!


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

El agobio –instalado como una suerte de enemigo invisible– es uno de los fenómenos que con mayor fuerza ha venido afectando en el último año a la docencia de aula como consecuencia de la actual pandemia que golpea a la humanidad, agobio que irrumpe a partir de una diversidad de fuentes de origen, tales como: 1) la implantación de un sistema horario como si se estuviera en condiciones prepandémicas, es decir, como si nada hubiera pasado, como si todo fuese normal; 2) la asunción de los costos totales del teletrabajo, habida cuenta de que esta nueva realidad le ha impuesto a cada enseñante disponer, para el ejercicio de sus actividades profesionales –sin más alternativas donde elegir–, de sus propios equipos computacionales y telefónicos (incluida su reparación, modificación o reemplazo cuando ha sido necesario), de sus señales privadas para cada caso (que han debido optimizar para un mejor servicio docente) y de sus espacios personales,  los cuales han decantado en aulas o recintos pedagógicos.

Del mismo modo que, por otro lado, 3) la disposición tanto de su locomoción personal –y gastos asociados–, como del arriendo de taxis para atender las necesidades educativas de los aprendientes en sus domicilios, de modo que la igualdad de oportunidades y la excelencia educativa sea para ellos la misma que aquella de la que disfrutan sus compañeros de establecimiento educativo poseedores de conectividad y equipos adecuados para sus clases remotas; 4) hacerse cargo del importe completo de su salud laboral con el pago de psiquiatras y psicólogos, al no disponer de seguros asociados al teletrabajo ni contar con  la más mínima ayuda de los sostenedores; 5) enfrentar sin los apoyos indispensables la alteración de su vida familiar y lazos parentales al interior de sus hogares; 6) hacerse cargo de extensas jornadas horarias que superan lo contractualmente convenido, que ha transformado a los docentes en agentes educativos 24/7, en el bienentendido de que deben estar disponibles para las familias de los educandos luego de terminadas las jornadas laborales de aquellas, del mismo modo que para los fines de semana, y dar lugar así a todo tipo de consultas, ayudas, respuestas y orientaciones a las mismas en función de los requerimientos de sus pupilos; esto, además de la responsabilidad de atender las necesidades de sus propios hijos, quienes también están afectos a procesos telemáticos con tantas o más exigencias en los respectivos centros educacionales de que forman parte.

Lo anterior, junto con tener que: 7) asistir a consejos administrativos y técnico pedagógicos que, a no dudar, han aumentado en cantidad, periodicidad y densidad; 8) cumplir con algunos horarios diferenciados obligatorios para la atención de apoderados, estudiantes y otros pares docentes; 9) participar obligatoriamente de jornadas de capacitación profesional generadas de manera inorgánica, fuera de acuerdos técnico-pedagógicos con las comunidades de enseñantes; y 10) registrar información hasta altas horas de la madrugada cada día en las plataformas, donde deben dejar constancia explicita de su trabajo con los educandos de los que son responsables.

Situaciones, todas estas, que se complejizan todavía más cuando, con motivo de la jornada de revisión y actualización de los Proyectos de Mejoramiento Educativo (PME) llevada a efecto hace unos días, se han considerado para lo inmediato acciones de monitoreo a las clases en línea –al cabo, unos procesos complejos y expertos que deben ser llevados a cabo por especialistas en la materia, es decir, en ingeniería del microcurrículo, en didáctica y metodología, en evaluación de los aprendizajes, en evaluación y acompañamiento a la docencia en la enseñanza (de suyo, este último, un estilo especial de docencia que se realiza entre iguales) y en educación virtual o telemática–, no obstante que respecto de esta modalidad sustitutiva no existen localmente ni sistemas, ni dotación, ni evidencias que avalen resultados objetivos.

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