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Opinión

La mestra


 Por Juan Manuel Bustamante Michel. Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

Nada más enterarse de su incorporación al Equipo de Enseñantes de Lengua Materna de su centro de enseñanza –una consecuencia de su condición de madre, según supuso y dio a entender en ese particular momento–, la Mestra, desbordando una inusitada alegría frente a sus compañeros de labores, no obstante su ya sobrepasada media centuria de vida, fue dando saltitos de un lado a otro del recinto en que se hallaba, como si de pronto se hubiera convertido en una colegiala a la que habían sorprendido con el regalo soñado.

Después de todo, se trataba –la suya– de una extensa y generosa vida de trabajo al servicio de generaciones de estudiantes –y a la que había llegado sin recordar cómo ni por qué motivos–, por lo que bien se merecía un premio como este, que había sido el detonante de toda su algarabía. Y si tal distinción favorecía un mejoramiento a sus menguados ingresos, ¡mejor que bien!

Entretanto, con un digno y, por lo mismo, resiliente estoicismo, producto de horas y horas de duro, extenuante y reconocido condicionamiento pavloviano –y del más clásico posible–, sus estudiantes la esperaban correctamente formados y de menor a mayor, semejando una de esas sierras para dos aserradores destinadas a trozar madera, en uno de los pasillos del colegio, listos para ingresar al salón de clases, tal como su jefa del curso, con el mejor de sus denuedos y el más altruista de los propósitos, les había enseñado que debía ser para satisfacción y orgullo de unos y otros; ese espacio, como se ha dicho por legos, practicantes y expertos, donde se cocinan los conocimientos conceptuales, procedurales y actitudinales de cada una de las disciplinas o asignaturas –también vectores curriculares– que, formando parte de los planes y programas de estudio de su nivel escolar, debían trabajar a diario los educandos, como ahora y siempre, con el objeto de poder desarrollar en el máximo posible cada habilidad con sus destrezas, cada destreza con sus capacidades y, con todas estas, las competencias para su desarrollo holístico, de conformidad con el orden económico-social vigente para sus macro y micro espacios de acción.

—¡Dentren pa’dentro, coltritos, y gánese cada uno en su lugar habitual, que el orden es lo primero y más importante para todos nosotros y sin olvidar que su número de lista se corresponde con el de su mesa de trabajo¡ —fue lo que, como parte de su ceremonial docente previo al inicio de la clase en el espacio pedagógico, le oyeron decir a su muy querida y valorada Mestra y, acto seguido, ganosos y alegres como siempre, aunque cargando el peso de la atenta y no menos severa mirada de aquella, enfilaron rumbo prestos, aserrando el espacio con su dentada fila india –recordando que se ordenaban de menor a mayor (por fecha de nacimiento, según entendieron ellos) y no por orden de estatura–, hacia una nueva y enriquecedora experiencia en el conocimiento y uso de su lengua materna, de la mano de quien ahora tenía esa obligación hacia ellos, hacia los coltritos de la clase.

Desde luego, ya en el salón de clases, y como era de entender, dando muestras de un irrestricto apego a las normas de conducta establecidas para ellos y no con ellos –su impenitente condicionamiento, al cabo–, cada uno de los educandos, semejando una suerte de tótem al lado de la mesa asignada y cuyo número debía coincidir con el suyo en el listado de la clase (a menos que quisiera acarrearse un problema innecesariamente serio), aguardaba impertérrito, con profundo silencio y perdida la mirada en un punto infinito del pizarrón que tenía enfrente, hasta que, de pronto, se producía el estallido a voz en cuello con el buenos días o buenas tardes a la Mestra, justo en el momento en que cruzaba el umbral de la puerta para ingresar como ellos a ese espacio docente y poner a su disposición el acto educativo con las nuevas lecciones que debían hacer suyas como en cada clase.

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