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Opinión

La oveja negra


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

Sin que nadie lo esperara – y menos unos eventuales y circunstanciales pasajeros que lo acompañaban en ese momento  en el taxi colectivo, del que por cierto no era el dueño –, el conductor del vehículo comenzó a narrar la historia no conocida de cada uno de los miembros de su familia directa, de su familia nuclear, como la llaman; tal vez con el afán de justificar su propia y actual realidad social y económica; esto es, ser nada más que un humilde chofer de taxi – alguien tan difuso e invisible como el pragmático orden social ha querido que se lo vea – y sin más expectativas que aquellas que sus habituales recurrentes quisieran concederle. Y así fue que el poder, las propiedades, el tráfico de influencias, el dinero y el placer (viajes, mujeres, sexo, drogas y otras cosas afines), entreverados promiscuamente como siempre hacen en sus no menos sórdidas confluencias, desfilaron por las pasarelas de la fantasía del sujeto, para colisionar con la actitud refractaria del auditorio y perderse en las oscuras profundidades de la abulia y ausencia de empatía del mismo.

Desde luego, y como era de suponer, a nadie sedujo, ni por asomo siquiera, el relato del conductor de marras, tal que se vio en el expresivo silencio y lateado rostro de los usuarios del atestado y poco bien presentado interior del  vehículo, mismos que a esa hora de la tarde ensimismados se trasladaban – después de una agotadora jornada de trabajo o de un frívolo paseo por el centro comercial de la ciudad – a sus diferentes destinos: los reales, los imaginarios, los burdos y los no tanto o los que se dieran en venir a sus cabezas, dado que su fin no era otro que llegar cuanto antes al punto exacto de sus propósitos, en la idea de dar curso efectivo al verdadero viaje que habían de enfrentar, acaso tan extraño como su propia conducta de “no legítimos otros”.

– ¡Pobres gentes! – exclamó el sujeto, – ¡pobres gentes! – volvió a decir, – si hasta tuve la impresión de no traer pasajero alguno -, terminó de argumentar para sí mismo en un soliloquio que intentaba dejar constancia de por lo menos su perplejidad respecto de esta nueva experiencia suya; del contrasentido que representaba ir con otros y sin ellos al mismo tiempo a causa de no haber contado con el más mínimo eco de su parte frente a cada relato vertido en ese viaje, tan viaje y recorrido como otros; de no haber tenido el más mínimo cruce de palabras, no obstante la forzada compañía en un espacio en el que la casualidad y las circunstancias, como siempre lo hacen, van disponiendo y delineando los hechos, sus contrastes, su relatividad y la percepción de los mismos según el prisma con que se los mire desde los individuales acervos de unos casuales, únicos e impenitentes recurrentes.

– ¿Y qué tal si hago la cimarra como la hice tantas veces en esos viejos tiempos escolares; en esos tiempos en que nada sabía del futuro? ¿Qué tal si por lo mismo no los llevo a sus lugares de trabajo y, lo que es peor, si no los porto de regreso a sus hogares por las tardes, por las noches y también por las mañanas, después de sus quehaceres? ¡Como que tengo el sartén por el mango! ¡Miren que no seguirme la conversación los locos! ¡Ni que hubiese estado dibujado! ¡A la cresta con ellos! ¡Aunque perdiendo por aquello de las lucas, esa sería mi pequeña venganza! -, fue lo último que errónea y torpemente atinó a decirse el individuo, para luego dirigirse como siempre a su refugio y terminal y quedarse a la espera de su próxima salida y otro extenuante recorrido. Y tan verdadero esto último, como que su relato de camino no fue otra cosa que un inusual llamado de atención, que un repentino y desesperado acto de autoafirmación personal; de búsqueda de aprobación, reconocimiento social y sentido de pertenencia en la perspectiva de unos desconocidos convidados de piedra como los de cada jornada en el ejercicio de su oficio en pro de ocultar una realidad que para nada deseaba.

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