suscríbete al boletín diario

Opinión

Esperanza, su desventura y la contravocación


 Por Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

Responsable consigo misma, y a carta cabal –pues nadie más consciente que ella de lo acuciante de su especial estado de salud–, Esperanza, siempre auténtica en su unicidad y diversidad total, aunque, dado su padecimiento, no siempre la misma a causa de sus expresiones conductuales, había llegado puntualmente al centro de salud correspondiente a su sector domiciliario, allí en “Carisello”, su pueblo, en busca de su terapista al que, por alguna desconocida razón, calificaban de boca en boca como “el ungido” –con el objeto de que le prescribiera, si lo tenía a bien, los fármacos indispensables para su tratamiento específico–; todo esto, mientras Pigmalión Bobolipus –un sí mismo de Benancio y de Cándido Credópulus, según se lo nombrara a discreción tanto por sus familiares, como por sus amigos, conocidos y desconocidos–, en otro y no menos absorbente y enajenante espacio social, hacía lo propio bregando con ahínco para que sus aprendientes (y pupilos de terceros, ya se sabe) caminasen por medio del acto pedagógico –propio de las Ciencias de la Educación– desde la inconsciencia del no saber a la inconsciencia del saber, como era lo esperado por moros y cristianos en tales procesos.

—Lamentablemente tu facultativo no podrá extenderte la receta que esperas, pues ya se quitó el guardapolvo de hoy —arguyó con cierta gravedad la asistente de este, al propio tiempo que arrogante y displicente, esgrimiendo una suerte de poder prestado –por el sistema y la costumbre, se supone–, se asomaba por encima de unas minúsculas gafas que, reposando semi ahogadas en la punta de su severo órgano olfativo, lo resaltaban todavía más por lo pequeñas, al punto de llevarme a recordar, sin siquiera proponérmelo, a don Francisco de Quevedo y su ironía sobre la nariz de don Luis de Góngora.

—Como tú sabes, Esperanza, tu tratante necesita de unos minutitos de gracia para comenzar su trabajo y de otros tantos al término de la jornada para preparar su salida desde este recinto en el que estás de visita como requirente —terminó de justificar, y no sin indolencia, y menos falta de respeto, la referida funcionaria para luego, así y sin más comentario, girar su cómoda silla con toda la calma que le fue posible hacia su escritorio de burócrata y, claro está, concentrarse en una aplicación de juegos que tenía disponible para sí en su calidad de usuaria de la misma en el celular para su esparcimiento en algunas de sus horas de servicio.

—¿Y qué pasará conmigo, señorita, si luego de haberme citado me dejan sin atención y, por ello, sin las medicinas que necesito para mi tratamiento y recuperación? ¿Es que, según lo que me dice, mi terapeuta no puede recibirme sin su delantal blanco puesto? ¿Significa, acaso, que esa prenda es determinante en el manejo de los saberes que un facultativo requiere para acudir en ayuda de una persona? ¿Es eso lo que me quiere decir? ¡Es que no lo entiendo! ¡De verdad que no lo entiendo! —terminó exclamando luego de las preguntas que le lanzó, y no sin razón, la paciente a la susodicha secretaria, descargando de algún modo la frustración que la embargó en ese crucial momento, para luego devolverse a paso ligero a su lugar de procedencia por el mismo camino que la condujo al centro terapéutico al que debía apersonarse por necesidad.

Entretanto, los referentes, los invocados de siempre para ciertos y solemnes rituales de graduación consagrados y validados por la tradición, heridos en su humildad y en lo que quedaba de ellos en sus sepulturas –o atormentados, que también podía ser–, y esto, a causa del poco edificante acto de desdén asistencial ocurrido esa mañana, que contradecía el sentido profundo de la vocación de servicio, no tuvieron más alternativa que girar como pudieron sus esqueletos en un denodado esfuerzo por ocultar sus calavéralos rostros de las indiscretas miradas de Esperanza y los casuales testigos del momento, mismas que erróneamente creyeron, y sin tener nada que ver con los acontecimientos, se dirigían a todos ellos.

Especial Coronavirus

  • Compartir:

opinión

lo más leído

logo-ediciones-anterioes