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Opinión

Hay un límite que rompe el deseo


 Por Bryan Smith. Observa Biobío

Bryan Smith

El 25 de octubre pasado, la ciudadanía habló fuerte y claro respecto a los problemas que aquejan a nuestra sociedad y eligió cambiar la carta de navegación de nuestro país, mediante una Convención Constituyente que elegiremos abierta y democráticamente el próximo 10 y 11 de abril. A lo que cabe preguntarse ¿Qué más se puede hacer?

La constitución es el marco general legal que rige a un país, determinando no solo el campo de acción de la legalidad sino también la visión de país. Es decir, en ella podemos encontrar las herramientas que nos permitan convivir y alcanzar objetivos conjuntos como sociedad para lograr la mejor y más justa versión de nosotros mismos como grupo humano sujetos a un territorio y una historia común.

Cambiar la Constitución es el punto máximo posible que la democracia puede permitirse.

La esperanza que existe sobre la nueva Constitución es que nos permita extender los horizontes para las políticas públicas y así combatir los flagelos que nuestra sociedad padece y que la hacen compleja para un grupo importante de la población. Dichos flagelos son ampliamente conocidos y entendidos, y sobre los cuales, la actual Constitución no otorga los espacios suficientes como para solucionarlos.

Pero, si ya logramos construir un camino para cambiar la Constitución y así abrirnos paso a un futuro mejor ¿Es necesario seguir con la movilización constante?

Es una importantísima pregunta que debemos hacernos, sobre todo frente a un proceso constituyente que requiere de la mayor concentración posible y no ser influenciados por el clamor de unos pocos que tienen aires de popular.

Sin duda todas y todos queremos una sociedad más justa y a la brevedad posible, pero la desobediencia ya cumplió su rol en este proceso y nos abrió el camino hasta donde vamos avanzados, pero ya es tiempo de otorgar espacio a la discusión seria y democrática en la búsqueda de soluciones a todas nuestras necesidades (superar la pobreza, equiparar las oportunidades, ceder más espacios de decisión a la ciudadanía, perseguir la corrupción, reformar las instituciones, perseguir y extirpar el narcotráfico, terminar con las desigualdades de género, etcétera.) pues si bien el fervor popular nos trajo hasta este hermoso e importantísimo punto de nuestra historia democrática ¿Realmente creen que nos conducirá hacía un mejor futuro? Pareciera que no, porque se desatan focos de violencia que dividen a la población y ahondan el problema.

Esto no es por la estatua de un general muerto hace un siglo, ni por las casas quemadas en La Araucanía, esto es por las injusticias amparadas institucionalmente, pero sobre todo es contra la violencia. Ya no podemos aceptar que ningún grupo o institución se atribuya como justa su violencia por defender tal o cual causa, y si queremos que la constitución sea realmente una puerta al futuro, debemos elegir con sabiduría y permitir que esa Asamblea delibere sin ninguna presión de la calle.

Todo en exceso es malo, perjudicial y aunque sea difícil de entender, son los limites los que permiten la libertad como la entendemos, ya que sin reglas (Límites) nos enfrentaríamos, derechamente, a la ley del más fuerte (Que es básicamente lo que los libertarios promueven en economía) y eso no es justo.

 Las cartas ya están sobre la mesa democrática y quienes crean lo contrario, es porque simplemente no creen ni comprenden lo que es la democracia. Debemos aceptar que hay un límite que rompe el deseo y controlar nuestra necesidad de, como dicen algunos, “quemar todo” porque si quemamos todo, no nos quedará nada y aunque para esos algunos sea una forma de “desahogo” es violencia y la violencia es inaceptable, venga de quien venga.

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