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Opinión

Las benefacciones de San Justo El Clemente patrono de los casos perdidos


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

–  ¡De los dos, Benancio, tú eres el más enfermo!

Así de claro, así de categórico y así de concreto lo había determinado desde las alturas del Olimpo – su inmutable y divinísimo espacio (sólo conocido por él y por nadie jamás imaginado; ni oníricamente visto, según se sabe) – Justo, el Clemente, Santo Patrono de los Desquiciados, las Almas Rotas y los Yo perdidos, por la conducta afectiva de un individuo, el que haya sido, que hasta ese momento, y por obra de las circunstancias (sólo sabía que estaba ahí y nada más), las oficiaba de tutor circunstancial de una accidental paciente motivo del encuentro en un Centro de Sanación y Reorientación del Espíritu no conocido en el que al parecer, estando, no estaban en modo alguno, ni siquiera para el diagnosticante.

– ¡Es que te has casado con la muerte! -, terminó de sentenciar para auto escucharse el santificado, al propio tiempo que paseaba su vacía y gélida mirada por los sumisos rostros de los miembros de su (anti) equipo de trabajo (que era lo que se veía a ojos de simples legos) con el fin de encontrar aquella anuencia – tácita y de suyo necesaria, pero también explícitamente visible –, que validase su, por lo menos, lánguida y fatua conclusión de mejorador consultado.

Y como no había más que agregar, ni tampoco que explicar, y sin una señal previa de lo que venía de su parte, con más prisa que el más presuroso de los mortales – puesto que ya todo estaba dicho y dilucidado, y de la forma más calma y sañuda que podía ser posible al mismo tiempo por parte de quien era el dueño de la palabra hasta ese momento (como escondiendo la mano después del piedrazo, como suele ocurrir con muchos lanzadores furtivos) –, su Santísima Gracia, esto es, Justo, el Clemente, Santo Patrono de los Desquiciados,  las Almas Rotas y los Yo perdidos, alzando y fijando sus ojos en un punto infinito del que sólo él tenía consciencia, levantó su etérea pero por contraste poco atildada figura del asiento en el que había permanecido largo rato purificando el lugar y a los presentes, para encaminar sus pasos hacia la puerta del recinto y desde ahí hacia el pasillo que lo llevaría a los Altares de su Dignidad – otro asiento en el que posar su culo -, no sin antes, claro está, mascullar entre dientes que: “Lo que la Naturaleza no da, Salamanca no lo presta” – más sus respectivos y sagrados amenes -, marcando así el camino a la exclusión por el que habría de transitar la paciente convertida en no paciente de aquella enojosa jornada, pero también su galénica incompetencia frente al caso, olvidando – además del hipocrático horizonte que alguna vez se propusiera -, tal y como lo vivió también Benancio en aquellos tortuosos instantes, luego que pasara  de tutor circunstancial de una accidental paciente motivo del encuentro en ese Centro de Sanación y Reorientación del Espíritu a repentizado paciente de un acre y tosco curador.

De lo que sucedió después con San Justo, el Clemente, Santo Patrono de los Desquiciados, las Almas Rotas y los Yo Perdidos, nadie tuvo mayor idea, ni mucho menos Benancio que, como tutor circunstancial de una paciente convertida en no paciente, nada tenía que ver con el tema, quedando sólo el recuerdo de un momento de plena inutilidad y la visión de un  (anti) equipo de colaboradores que al momento del retiro del santificado, corrió tras él con servil y sagrada devoción.

Desde luego, qué distinto fue lo que más tarde se dio con Benancio – el que oficiaba de tutor circunstancial de una accidental paciente convertida en no paciente en el citado  Centro de Sanación y Reorientación del Espíritu – y la susodicha y recurrente de San Justo, el Clemente, Santo Patrono de los Desquiciados, las Almas Rotas y los Yo Perdidos, porque saltándose aquel: “Quod Natura non dat, Salmántica non praestat” proferido por el santificado, abordaron sendero y futuro en común, más allá del destino.

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