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Opinión

El arte de educar


 Por Alejandro Mege Valdebenito

ALEJANDRO-MEGE

 “El arte más importante de un maestro es saber despertar en sus alumnos la alegría de conocer y crear”.

                                                                                Albert Einstein.

Guillermo tiene 10 años, el 2020 (año en que más de 80 mil alumnos desertaron del sistema) cursó 4° año de educación básica en modalidad online con todas las dificultades que tuvo el proceso y cuando su madre le dice hoy que aunque no tenga clases debe estudiar algo para no olvidarse de lo aprendido, responde de manera enfática que solo va a estudiar junto a sus compañeros cuando vayan a la escuela. La actitud de Guillermo no es aislada, ni mucho menos, es la actitud y el deseo de muchos niños que por efecto de la pandemia se han visto aislados de su grupo de pares y añoran el gratificante y motivador ambiente escolar donde se aprende, se juega y se socializa en la  interacción con sus iguales. Es el lugar donde se adquieren y se practican las normas y los códigos que rigen nuestras vidas en común. El confinamiento descubrió que los humanos somos seres de hábitos, hábitos que el covid-19 destruyó, creando una serie de patologías que están impactando fuertemente nuestras relaciones familiares, laborales y sociales; en nuestro estado psicológico y nuestra salud física y emocional, aún sin estar contagiados con el virus.

En la elaboración de su tesis de título la estudiante de pedagogía realizó una investigación para averiguar cómo las educadoras de párvulos pudieron realizar sus clases vía telemática en tiempos de pandemia. En la experiencia de una de ellas, que logró comunicarse con unos pocos de sus alumnos (no todos podían hacerlo por carencias tecnológicas y culturales de las familias) que se conectaron vía zoom, relata que los menores, al verse en la pantalla del computador, después de tanto tiempo separados física y emocionalmente, irrumpieron en gritos de alegría y saludos entre ellos en una algarabía duró varios minutos, llamándose por su nombre y recordando sus juegos. A la profesora le costó mucho poder realizar la clase que había laboriosamente preparado, comprobando una vez más, la importancia que tiene la educación presencial, especialmente en estudiantes de los niveles iniciales del proceso educativo, modalidad que no tiene competencia en comparación con la frialdad de la educación a distancia a través de la tecnología de las comunicaciones que nos inunda y condiciona, atrapados como estamos en la era digital. Cuando se le preguntó a la educadora cómo evaluaba el aprendizaje de sus alumnos, respondió:”la evaluación la hacen los padres”, involucrando a la familia en la educación de los hijos. Estos casos reales, que se multiplican por miles, son una pálida muestra de la situación educacional que se vive, tratando de enseñar y aprender a la distancia; es el drama de los niños y la angustia de los padres, donde el esfuerzo de profesoras y profesores ha evitado que el mal sea mayor, más aún cuando las desigualdades educativas continúan profundizándose.

La tecnología no solo es importante, es necesaria en ayudar al proceso educativo pero no es un paliativo de la educación humana, cara a cara, ni menos la reemplaza. Una educación a través de una pantalla no es la mejor manera para aprender y formar. La verdadera educación formal es la que se produce en el colegio, junto a los compañeros, en un ambiente formativo de hábitos, normas y valores que derivan en la formación de una ciudadana y un ciudadano honestos, responsables y solidarios. La verdadera educación es la que nos da a todos una identidad como personas; configura frente a los demás lo que verdaderamente somos, lo que no siempre resulta coincidir con la imagen que hemos elaborado de nosotros mismos.

Se reconoce que el proceso educativo es una ciencia y una técnica, pero también es un arte por la carga emocional que contiene, de ahí que el arte de enseñar, junto con el “saber” (la ciencia) y el “saber hacer” (la técnica), requiere de cualidades creativas, sensibilidad y disposición de ánimo, de la capacidad para comunicarse, captar la atención de la audiencia y lograr la disciplina para aprender y perseverar, actividad que se encuentra  en manos de los profesionales de la educación, quienes, equilibrando la necesidad de la educación presencial y la protección de la salud de los alumnos, desean volver a tenerlos frente a ellos, tanto como los alumnos a sus compañeros. El “arte” de la docencia es la que humaniza, que da sentido y valor a la ciencia y a la técnica y que permite a la profesora y al profesor explorar todas las posibilidades de impartir educación presencial, aunque sea parcialmente, con seguridad y sin cargos de conciencia.

Especial Coronavirus

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