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Opinión

La rara historia de pueblo de plumíferos


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

Me contaba Pánfilo Bobolipus que en Pueblo de Plumíferos  viven los plumiferotes, los plumiferitos, los plumiferazos y los plumiferones. Torvos y calculadores, los primeros, que de todo sacan provecho y a como dé lugar, porque suponen que son el antes, el durante y el después de cuánto ocurre, según su credo, desde luego. Parlanchinos, inteligentes y graciosos, los segundos, que a todos atraen y encantan por su dulzura, espontaneidad y transparencia. Observadores, reflexivos, metódicos y difíciles de persuadir luego que han tomado una decisión, los terceros. E incautos, desprovistos de voluntad y manejables a discreción, los últimos, por cuanto tipo de embaucador existe y sus ventas de pomadotas, pomadas y pomaditas, mismas que hacen suyas como si fuesen sus propias certezas, sus propios credos o sus propios estilos de vida.

Los plumiferotes – según me indicaba Pánfilo Bobolipus con su particular y no menos curioso relato -, pensando en el razonamiento de éstos, se parece mucho al vuelo de los pavos, puesto que es corto, pesado y bajo, de modo que su mundo de experiencias y conocimientos – así como su mirada acerca de las cosas y los hechos – es francamente pobre, limitado y ramplón. ¡Si hasta parece que se trata de los pavos mismos!

Los plumeferitos, en cambio, como si fueran choroyes – o loros, también -, qué alto y qué lejos que vuelan respecto de los plumiferotes. Si los superan en todo y con creces, con esas alturas y distancias que alcanzan y que nada más hablan de las limitaciones y debilidades de sus peculiares vecinos de Pueblo de Plumíferos; contando a su haber, por lo mismo, con una visión más amplia, acentuada y diversa de ese espacio por el que van y vienen, generosa para sí mismos, dada la pobreza moral, ética y estética de aquéllos. ¡Cómo se la juegan los plumeferitos! ¡Cómo se la juegan, la verdad!

Pero la excepción a la regla – y de todas las reglas posibles, sin duda – es la que constituyen los plumiferazos, porque no existe distancia ni altura inteligente que con su vuelo de águilas no cubran ni alcancen; ni hecho, ni fenómeno que escape a sus justas y certeras explicaciones respecto de una realidad cualquiera. Así como los plumiferotes y los plumiferitos no saben de lo que los plumiferazos conocen por su capacidad racional y autonomía de vuelo, lo cierto es que estos últimos sí tienen claras cada una de las carencias de los plumiferotes y flaquezas de los plumeferitos; flaquezas en estos últimos que son las menos, por cierto, dadas las bondades de que gozan por su cercanía con los plumiferazos.

¡Y qué decir de los plumiferones! Una especie de mutantes que cambiaron sus alas por patas, para transformarse en cuadrúpedos de tiro, monta y entretención al servicio de la estirpe dominante como si fueran equinos – y de aquellos con las orejas más largas –, porque su afán de figuración y facilismo pudo más que su razonamiento y algún resto de dignidad de la que estuvieron dotados. ¡Vaya casta, y vaya costo el que tuvieron que pagar en contra de sí mismos por cada amén en favor de quienes han sido sus controladores!

Y como si fuera poco, claro me queda también que el mayor problema de Pueblo de Plumíferos no sólo está, según terminó de contarme Pánfilo Bobolipus, en que plumiferotes y  plumiferones – fieles descendientes de los otrora reconocidos y extintos plumiferracos – sumen la mayoría entre quienes  deciden en el territorio, ni en que comicio tras comicio se impongan como siempre, sino en que sólo se puede volar conforme lo deciden y hacen los plumiferotes; esto es, a ras de suelo y por cortas distancias, como tan sólo ellos pueden hacerlo o como su raciocinio se los permite de acuerdo con lo visible a su monócula mirada y en razón de lo cual, sin más, mutilan a sus adversarios cortándoles las alas desde muy temprano; apenas se alzan sobre sus patas; apenas intentan su primer despegue. ¡Rara historia la de Pueblo de Plumíferos!

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