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Opinión

Ecos desde el pasado al presente nuestro


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

El modelo de sociedad con el que contamos hoy en día nos viene heredado –pero sin ninguna duda– desde los albores de la República; desde cuando se soñaba con mostrar al nuestro como un país libre, soberano y justo a ojos de toda nación y potencia extranjera, aunque no sé qué tanto hacia adentro, si se tienen en cuenta las obscenas desigualdades sociales y la pobreza hecha modus vivendi que “encadenan de por vida” –a partir de profecías autocumplidas, desesperanzas aprendidas y efectos Pigmalión negativos– a generaciones y generaciones de esforzados compatriotas.

Baste nada más recordar uno de los textos de don Andrés Bello en el cual, desde la mirada de la época y sin el menor reparo, “sentenció” que: “El círculo de conocimientos que se adquiere en estas escuelas erigidas para las clases menesterosas, no debe tener más extensión que la que exigen las necesidades de ellas: lo demás no solo sería inútil, sino hasta perjudicial, porque, además de no proporcionarse ideas que fuesen de un provecho conocido en el curso de la vida, se alejaría a la juventud demasiado de los trabajos productivos. Las personas acomodadas, que adquieren la instrucción como por una especie de lujo, y las que se dedican a profesiones que exigen más estudio, tienen otros medios para lograr una educación más amplia y esmerada en colegios destinados a ese fin”; su sello propio, al cabo.

De acuerdo con este texto –tomado de la obra: “Se acabó el recreo”, del académico Mario Waissbluth (ex Director de la ONG “Educación 2020”), quinta edición de mayo de 2014–, queda meridianamente claro el sentido que por ese entonces se le daba a la educación y el rol que esta debía cumplir en la sociedad chilena (no sé qué tan distinto de aquella en la actualidad), orientada, como es de suyo evidente, a una distinción de clase y poder, en pos de un definitivo  resguardo de que las denominadas clases menesterosas –hoy, eufemísticamente identificadas como sectores vulnerables– no alcanzasen mayores niveles de escolarización y conocimientos que los que les demandaran en su presente y futuro los quehaceres manuales a los que habrían de dedicarse, acaso de por vida, ya por “herencia social”, ya por “tradición familiar”, porque la labor productiva era, a través de ellos,  lo verdaderamente importante y lo único, por cierto, para lo cual deberían sentirse útiles; y todo esto, sin hacer alusión siquiera, lo cual se hace más notorio aún (por una deliberada invisibilización al respecto), a aquellos –que eran la gran mayoría de los chilenos y extranjeros residentes– que vivían en condiciones solo comparables a estados de esclavitud.

Como lo hemos sostenido en oportunidades anteriores, nuestro sistema escolar no solo es coherente con su pasado y el argumento en comento de don Andrés Bello, sino que responde fielmente a un diseño, a un modelo, a una estructura de sociedad a la que se aspira o se pretende perpetuar, y cuya base no es otro que el neoliberalismo a ultranza que nos rige  –intrínsecamente perverso, como lo dijo el papa Juan Pablo II en su momento– y que, nos guste o no, se expresa, desde una sociedad de castas, en un sistema educacional rígidamente estratificado como es este que se hace ver desde la educación particular pagada (por la que pasan quienes habrán de tomar las decisiones del Estado y de las grandes compañías); la educación particular subvencionada (por la que transitan los que nunca pasarán de los niveles intermedios de todo sistema público o privado); y la educación pública o municipalizada (a la que llegan todos aquellos que de ninguna forma podrán acceder a los dos primeros estratos sociales); y todo esto, desde luego, como consecuencia de lo definido, planificado y ejecutado legalmente –la Constitución Política del Estado vigente es su fidedigno y mejor ejemplo– por los poderes económico, mediático y político (y este último influido o permeado por los dos primeros) en función de mantener o profundizar sus prebendas de clases sociales dominantes.

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