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Opinión

Tener conciencia


 Por La Tribuna

ALEJANDRO-MEGE

 “No hay más realidad que la imagen ni más vida que la conciencia”. Azorín.

Si nos detenemos por un momento a reflexionar desde lo íntimo de nuestra conciencia – necesario ejercicio que, sin necesidad de ser filósofo o psicólogo certificado, nos hace tanta falta – sobre los hechos que estamos viviendo y de los cuales tomamos la posición de ser solo espectadores que vemos pasar la vida de modo indiferente o bien actores involucrados en su transcurrir y en sus efectos. Sobre esa actitud ambivalente, el juicio de nuestra conciencia nos señala la profundidad de las contradicciones entre lo que creemos y afirmamos ser y  que pretendemos transformar en una imagen, incluso idealizada, de nosotros ante los demás, convencidos que mediante  el discurso, la palabra o el tono de la declaración de buenas  intenciones y de preocupación por los otros es suficiente  para convencerlos que nuestras visiones, convicciones y propósitos personales, interpretan a la mayoría, sino a todos, de que nuestros  mejores esfuerzos son  el motor que nos moviliza y nos compromete con el bien común. Sin embargo, las actuaciones que realizamos, francas y directas o silenciosas y solapadas a través de otros, pero de las cuales somos promotores o actores intelectuales suelen demostrar, en no pocos casos, lo contrario. La verdad, a la larga, muy a nuestro pesar y desencanto de muchos, termina por mostrar nuestra verdadera fisonomía y estatura moral.

Para desnudar lo que realmente somos y vestirnos con el ropaje que nos merecemos y enmendar rumbo, el tener conciencia de sí mismos, nos ayuda a conocernos, asumir con modestia nuestras fortalezas y debilidades, controlar nuestros sentimientos y emociones y dimensionar el efecto que tiene nuestra forma de ser y convivir en los demás que nos permita autorregular nuestra conducta para que, con intención o sin ella, no se cause daño a nadie.

En este sentido, tener conciencia social constituye una capacidad propia del ser humano para, desde su individualidad, percibir, reconocer y comprender las necesidades que tienen las personas que forman parte de la comunidad en que vivimos y que afectan, de manera positiva o negativa a sus miembros. La conciencia social nos permite reconocer y hacernos cargo de los acontecimientos que nos ocurren, como la pandemia que nos acorrala y nos aqueja con efectos lamentables y desastrosos como los que estamos viviendo y cuyas causas y efectos, aun siendo descritos y comunicados profusamente, no han sido asumidos responsablemente por la mayoría de la población, al extremo que algunos aún niegan su existencia.

Hemos estado viviendo y actuando con una especie de conciencia social ciega y sorda ante la enfermedad  (no solo frente a ella, también ante los delitos, la delincuencia y el terrorismo en todas sus expresiones, que destruye sin piedad no solo los bienes materiales, lo hacen contra la dignidad de la condición humana y la vida de sus víctimas) a pesar que tenemos clara conciencia de la pobreza, la desigualdad, la exclusión social, la falta de libertad,  la injusticia y reclamamos y luchamos por que sean atendidas, a veces utilizando métodos que desmienten  lo que debiera ser una  lúcida preocupación por la justicia y el bienestar colectivo. Más, no mostramos la misma conciencia social ante la pandemia que está profundizando en mayor medida las mismas condiciones que lamentamos, aparte que está sumando otras enfermedades y patologías tan graves como ella con quienes están en menos condiciones para defenderse con algunas posibilidades de vencerlas.

Lo más lamentable de esta situación, que requiere la atención de todos, resultan ser las declaraciones y actos de algunas de nuestras más altas autoridades, que tienen la obligación de guiar, orientar y hacer cumplir las disposiciones legales que ellos mismos establecieron para combatir la pandemia, las vulneren, al parecer sin tener conciencia del efecto de sus acciones, propio de una actitud narcisista por el poder político que se ostenta, que los inmuniza de toda responsabilidad.

Tener conciencia de lo que somos, de lo que decimos y de lo que hacemos, y actuar en consecuencia, puede ser una buena medicina para enfrentar no solo la pandemia sanitaria, también las enfermedades económicas, sociales, políticas y éticas que padece nuestra sociedad y que se están constituyendo en dolencias crónicas.

Especial Coronavirus

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