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Opinión

Llegar a viejo en Chile


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

Que no te asuste llegar a viejo –me dijeron una vez, y muy amistosamente, luego de haber pasado los 60 años de edad y estar próximo a una jubilación por vejez en mi quehacer profesional (y, según se estila en Chile, muy poco empáticamente afecto a una pensión definida en los mismos términos)–, puesto que es un verdadero privilegio frente a otros que, por distintas razones, bajándose del tren que nos lleva por este mundo, se quedaron en alguna parte del recorrido.

Un privilegio, continuaron diciéndome, porque aparte de seguir ahí, respirando (donde sea que debas estar y cumpliendo con lo que precises hacer), habrás adquirido y acumulado un valor agregado que te hará único entre los únicos que somos cada uno de los demás y que ninguna cátedra en parte alguna ha entregado ni entregará jamás, como son el conocimiento de vida, la experiencia y la sabiduría que el tiempo, y solo el tiempo, con su paso inexorable por nosotros, dando cuenta una y otra vez de los distintos ciclos que nos corresponde vivir, puede darnos profusa y generosamente.

Desde luego, el mensaje fue claro y categórico: iba o venía instalándome (una de dos) raudamente en la tercera edad (esta que comienza a los 60 años) y abriéndome paso hacia la cuarta que ahora dicen que existe, y misma que comienza a los 80 años y separada de la precedente por apenas 20 primaveras; una entelequia, por cierto, que dice directa relación con el aumento de la esperanza de vida en las personas –nos hemos vuelto más longevos por unas supuestas mejores condiciones de vida (es claro que en la primera y segunda vida de las cuatro que tendríamos)– y por un imperativo del modelo económico neoliberal ultraísta con el que contamos, que gusta de calcular las futuras pensiones de los dueños de los ahorros previsionales considerando una sobrevida a la que nadie llega y que en la práctica, por tal motivo, le reportan a las AFP y a las aseguradoras de rentas vitalicias cuantiosas utilidades, en desmedro de los intereses de los propietarios de aquellos, quienes mueren virtualmente de hambre a ojos de vistas de todo el mundo.

El problema está en que llegar a viejo en Chile (y un viejo de mierda, según se desprende del cotidiano trato que reciben los adultos mayores en la sociedad chilena y, por antonomasia, de cómo personeros internacionales los ven en el contexto de la economía planetaria, hecho que igualmente les afecta por las repercusiones en las que puede redundar en nuestro medio) –no obstante ser este un país cuya población envejece cada vez más a causa de la severa disminución de las tasas de natalidad que se han venido dando y de la mayor longevidad a la que he hecho referencia más arriba–, significa convertirse en un inútil, en una persona desechable, en una carga para las familias y el Estado (que transfiere “constitucionalmente” sus responsabilidades a terceros que lucran sin piedad con esta realidad en la que no han escaseado gravísimas denuncias sobre vejaciones y atentados a la integridad física, psíquica y moral de estos por su sola condición de tales y hasta con resultado de muerte), en una persona condenada al aislamiento, abandono, ostracismo y a una vida miserable por las pensiones de hambre que reciben, no obstante haber sido cotizantes de por vida en las AFP que alguna vez les impusieron para perjuicio suyo.

Desde luego, nada de grato puede ser –hablando por los viejos profesionales de la educación, por estos que luego de haber entregado hasta 45 años de su vida a la formación de las generaciones de recambio que la sociedad chilena necesita para su normal funcionamiento– el tener que enfrentar su día a día con pensiones que van desde muy por debajo del sueldo mínimo y hasta levemente por encima del mismo, haciéndose de suyo indispensable que se resuelvan los temas pendientes del Estado con ellos y que les han condenado a condiciones de estrechez que en ninguna otra profesión serían aceptadas.

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