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Opinión

Educar o no educar en pandemia


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

ALEJANDRO MEGE

“La educación no es preparación para la vida, es la vida misma”. John Dewey

La pandemia del Covid-19, que ha asolado a la población mundial sin hacer distinción de ningún tipo,  ha tenido un impacto en todos los ámbitos de la vida humana, provocando enfermedad y muerte, afectando la vida familiar, produciendo  distanciamiento social, la pérdida de  fuentes laborales,  ralentizando el desarrollo de la economía,  obligando a la separación física, al confinamiento, limitando el desplazamiento de las personas y a vivir con angustia y temor frente a un enemigo invisible contra el cual aún no se encuentra el remedio que dé total certeza de su efectividad.

La casi paralización de las actividades que se desarrollan en una vida normal, ha producido también su efecto en la educación de niños y jóvenes, cerrando las escuelas y  obligando al sistema educativo en su conjunto, a los profesores y a las familias a un esfuerzo inédito para el cual no se estaba preparado tratando  a la distancia, a través de la pantalla de un computador, con disímiles resultados por las diferentes condiciones materiales y de acceso de los alumnos, mantener el proceso de educar a la generación de relevo de la sociedad, con un modo de enseñar y aprender que no podrá reemplazar a la educación  que se produce cara a cara en una afectiva comunicación humana.

Las consecuencias que tiene para niños y jóvenes la falta de una educación formativa y liberadora, de aprender por sí mismo de manera creativa, produce efectos negativos en su vida futura, especialmente cuando la experiencia científica ha demostrado que lo que los niños no aprendieron en sus primeros años de edad no lo aprenderán después, aparte de otras patologías relacionadas con su desarrollo emocional y de socialización con sus pares, así como su capacidad de resiliencia que serán carencias importantes para enfrentar  su futuro.

Frente al dilema entre cuidar la salud y, al mismo tiempo proporcionar la educación que sea sanitaria y responsablemente posible, se enfrentan las posiciones que defienden que el cuidado de la salud está primero -posición que nadie en su sano juicio  se atrevería a contradecir sino quiere ser crucificado socialmente- y que la educación espere su turno hasta el total vencimiento de la pandemia, que puede durar de uno a dos años,  tal vez más, algunas personas estiman, y en una democracia donde se respeta el derecho de opinión y de opción sobre hechos que  afectan a cada uno, no se les puede  condenar por ejercer ese derecho y dada la importancia que tiene la educación, incluso para mantener y mejorar la salud,  que si se dan las condiciones sanitarias y se toman todas las precauciones, sería conveniente explorar las posibilidades volver a las clases presenciales. Frente a esta posición hay quienes  critican y descalifican a quienes se atreven a proponer el menor asomo de una vuelta a clases, sosteniendo  que: o vuelven todos los alumnos a clases o no vuelve ninguno, asignándose a sí mismos la función de intérpretes y voceros de lo que piensan todas las familias sin dar la opción que sean los padres y los propios alumnos quienes decidan de manera voluntaria y en conciencia, con pleno conocimiento de los peligros y consecuencias que su decisión pueda tener, volver con seguridad y de manera gradual a las salas de clases.

Lo que sí es legítimo y un deber ineludible de las autoridades y los actores que tienen una mayor responsabilidad social y ciudadana es advertir a la comunidad sobre la enfermedad y los peligros que se corren al tomar una decisión determinada en una materia de vital importancia y ofrecer un plan que permita enfrentar el futuro de la educación si la pandemia se prolonga. Esta no es una materia político ideológica, de gobierno y oposición, o de temores y afectos personales en sí respetables y valiosos ya que sobre el grave realismo de la situación que se vive debemos observarla desde todos los puntos de vista. Aprensiones y miedos que tenemos todos los padres y abuelos pero que no negamos el derecho de   quienes opten libremente, con todos los resguardos posibles, enviar a sus hijos o nietos a la escuela. “Acá- expresó la exministra de educación del gobierno de la presidenta Bachelet  Adriana Delpiano, que, como abuela, comparte la necesidad de volver a clases – está en juego no el aprendizaje individual de cada niño; está en juego una generación de niños y de jóvenes que se están formando”.

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