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Opinión

La educación en democracia como proyecto humano


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

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“La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”, Paulo Freire.

En un panel telemático realizado por Fundación 2020, uno de los participantes, académico de la Universidad de Toronto, planteó que “el gran proyecto en juego de la educación de hoy es el proyecto humano”, rescatando la dimensión humana capturada por la racionalidad de la tecnología, el individualismo y la cultura  egocéntrica, para lo cual, como cosa previa, debemos respondernos como sociedad chilena: ¿Para qué educamos? , ¿Qué tipo de ser humano queremos para la sociedad que soñamos?  Queremos niños y jóvenes que, como una audiencia  receptora y pasiva, solo aprendan lo que le es enseñado en la sala de clases, parcelas de conocimientos desconectados de la realidad y sin  valores sociales y morales necesarios para la vida en comunidad, ajenos a la realidad política  y al sentido profundo que significa vivir en democracia con conciencia cívica (¿cómo entender que en una encuesta, realizada en abril de 2018, aplicada a alumnos de 8° año básico, el 57%  aprobarían una dictadura?) o lo que queremos es formar niños y jóvenes creativos, con pensamiento crítico y constructivo, que se conozcan a sí mismos, capaces de aprender por sí mismos y de preocuparse por  otros, moralmente formados. Para ello es necesario impregnar a la educación, horizontal y verticalmente,  de los valores que dan al ser humano su dignidad por el solo hecho de serlo y darle a la institución escolar una estructura y una función distinta en que el aprender sea un ejercicio de la libertad donde se construye el futuro y se juega la democracia , distinto al rol que históricamente ha desempeñado la escuela  de ser solo un lugar donde cuidar a los menores mientras los padres trabajan o cumplen otras funciones; un centro de control de su comportamiento o de clasificación de sus capacidades para desempeñar una función asignándoles un puntaje y acreditar su “calidad educativa” para continuar estudios, alineándolos en un ranking decreciente que muestra la realidad de una educación desigual, selectiva y discriminadora donde los resultados destacan a algunos y avergüenzan a otros en un  sistema donde los profesores no tienen más opción que enseñar aquello por lo que los alumnos van ser medidos de manera estandarizada solo por lo que saben y no por lo que son como personas y  ser ellos  mismos calificados –incluso con el riesgo de ser desvinculados de la profesión- por los resultados obtenidos por los alumnos, sin muchas posibilidades de agregar al currículo oficial su visión y su experiencia vital de la  relación con los alumnos y la comunidad escolar, relación humana que se ha ido perdiendo por la burocracia a que está sometido el profesor, lo que se refleja en el decir de una alumna de 5° año básico cuando responde una encuesta de Fondecyt: “el profesor algunas veces ya no nos ve”, desvinculación humana acrecentada por una educación telemática producto de la pandemia.

La educación que se necesita como motor de cambio social implica una educación más abierta y flexible, con mayor autonomía de los estudiantes y del profesor y pasar de una  relación  vertical alumno-profesor a una relación horizontal colaboradora, consciente  y respetuosa de las diferencias donde el aprender sea una forma de crecimiento integral y  una práctica de libertad, constructora y defensora permanente de la democracia como forma de vida, dándoles a los estudiantes un lugar y un rol en la construcción de su futuro y el futuro de todos.

Una educación para las nuevas generaciones debe ir más allá de los límites del aula y la institución escolar dando a conocer a los jóvenes lo que significa  la “cosa pública” y cuales son sus derechos y responsabilidades como ciudadano.

La escuela debe ser, por excelencia, el lugar de socialización y desarrollo humano integral donde se vivan y practiquen los principios y valores de la democracia  y el sistema educativo y el Estado deben garantizar ese derecho.

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